Sábado, 06 de Junio de 2026
Política

El abrazo republicano

06/06/2026 07:02 19 min lectura 90 vistas
El abrazo republicano

Carlos María bajó de su 4x4 y avanzó por el pasillo tratando de mantener la compostura. Su traje slim-fit de color gris grafito, era una armadura de elegancia que se sentía ridícula bajo el techo de chapa. Él estaba acostumbrado al apretón de manos firme pero breve, al beso al aire en las mejillas de las galas benéficas.

Entonces, lo vio venir. Don Silverio se desprendió de la sombra de un mango como un bloque en movimiento.

—¡Doctor! —bramó Silverio, y el aliento a fritura de pastel y cerveza llegó y golpeó a sus narices antes que a su cuerpo.

No tuvo tiempo de reaccionar. Los pesados brazos de Silverio le rodearon comprimiendo el traje de tres mil dólares contra la camisa empapada en sudor de base.

Entonces empezaron los golpes. ¡CLAP, CLAP, CLAP!

La mano de Silverio, impactó contra su espalda y tuvo ganas de toser y sintió que le faltaba el aire; cada palmada de foca de Silverio era como un sello húmedo.

—Estamos todos juntos, ¿verdad, doctor? —le susurró Silverio al oído, mientras seguía golpeando la espalda acompasadamente con ese ritmo hipnótico y violento del ¡CLAP, CLAP, CLAP!

Sintió que sus pies se despegaban del suelo y solo pudo emitir un quejido sordo. El “Abrazo Republicano” lo estaba bautizando. Comprendió en ese instante que su título universitario no valía nada frente a la percusión ancestral de esa palma de mano que, con cada golpe, le recordaba que en ese patio, no manda la seda.

Trató de acomodarse el traje después de que Silverio lo suelte. Su fino olfato acostumbrado a Paco Raban, le informaba de que ahora él también huele a Silverio. Esa es la verdadera función del abrazo: ¡Marcar al otro!.

Pero, para su angustia, eso era solo el comienzo. En esos lugares y circunstancias, el ruido del abrazo funciona como el golpe de un mazo que abre la sesión. Apenas se separan, el aire se llena de una oratoria que parece escrita hace cincuenta años, pero que suena con la fuerza de una verdad ancestral.

Silverio soltó a Carlos María con la brusquedad de cuando deja caer una bolsa de papa en su casilla en el mercado 4. Apenas tuvo tiempo para aspirar un poco del aire viciado por el humo de cigarrillo y la fritanga de una hacendosa correlí. No hubo tiempo para recomponerse; el último palmoteo todavía vibraba en sus espaldas y en las chapas del techo cuando Silverio, se dio vuelta hacia la masa y rugió.

—¡Correligionarios! —La voz, un bramido que parecía venir desde el fondo de una caverna, acalló hasta el murmullo de los ventiladores de techo

—¡Pejecha haguáicha! Kóva hína la añua ombokyhyjétava umi ndohayhúivape ñande partido. ¡Ko añua ndojejokói! Kóva peteî añua mbarete, ikatuva’erã añoite ome’ê pe tuguy pytã orekóva ñande partido bandera, okorréva ñande retepýre.

(—¡Como ustedes pueden ver! ¡Este es el abrazo que hará temblar de miedo a los que no quieren a nuestro partido! ¡Este abrazo es imparable! ¡Este es un abrazo fuerte, el único capaz de entregar esa sangre roja que tiene nuestro partido como bandera, la cual corre por nuestro propio ser!).

Silverio extendió amenazante el dedo hacia la multitud,

—Aipóndaje oî he’íva ore jajeividiha, ¡pero pejecha haguáicha ndaipóri joavy ñande partido ñanerenói jave!

(—Por ahí andan diciendo que estamos divididos, ¡pero como ustedes pueden ver, no existen diferencias cuando nuestro partido nos llama!)

—El caudillo hizo una pausa dramática, clavando sus ojos en la primera fila, irguióse luego en toda su magnitud con un estudiado silencio. Elevó dos veces los talones mientras barría con la mirada a su gente como un general victorioso que pasa revista para confirmar que todo estaba bajo control.

—Oî oúva mbo’ehaovusúgui ambue katu jajúva tuju mbytetégui, upéicha avei ko kuarahy paraguái guýpe. Ko haku ñande mboyku, ñanembojoaju ha ñanemoî peteîcha ¡Péva upe tyapu pehendúva hína pe añua ñanembojoajúva ojuehe, upéva hína pe “unidad granítica” oñeheróva! ¡Péva hína upe tenonde jeguaka ryakuã jahetúmava yvytúre!

(—Hay quienes vienen de la universidad, otros en cambio venimos del barro profundo, pero de igual manera bajo este sol paraguayo, este calor nos funde, nos une y nos vuelve una sola cosa. ¡Ese crujido que están escuchando es el abrazo que nos une unos a otros, eso es lo que se denomina “unidad granítica”! ¡Ese es el aroma de la victoria que ya sentimos en el viento!).

En medio de la perorata, un personaje que apenas se podía mantener en pie por efectos del alcohol, acaba cada oración con un "¡Anichéne”.

Silverio bajó el micrófono, pero no se retiró. Sabía que faltaba el sello final, el grito que hace vibrar hasta las raíces de los mangos. Miró al hurrero oficial de la seccional, un hombre rubicundo, de garganta de acero y venas hinchadas en el cuello, y le dio un cabeceo imperceptible.

El animador se pegó el micrófono a la boca y soltó el primer rugido que hizo que Carlos María saltara del susto:

—¡Atención, correligionarios! ¡Una hurra para nuestro glorioso Partido y para esta unidad granítica!

El estallido fue mecánico, ensayado por décadas de práctica:

—¡¡¡Raaaa!!!! ¡¡¡Raaaa!!! ¡¡¡Raaaa!!! —gritó la masa al unísono, tres veces, como una fiera enardecida.

—¡¡¡Para la dupla de la victoria!!! —volvió a tronar el hurrero.

—¡¡¡Raaa!!! ¡¡¡Raaa!!! ¡¡¡Raaaa!!! —la segunda tanda de tres golpes de voz fue más fuerte, sintiendo Carlos María como si le golpeara el pecho e instintivamente dio un paso atrás.

—¡¡¡Y para el gran líder, Don Silverio, un 3 x3 reforzado!!! —remató el hombre, ya casi sin aire.

—¡¡¡Raaa Raaa!!! ¡¡¡Raaa Raaa!!! ¡¡¡Raaa Raaa!!! —el último triple grito terminó en un aplauso cerrado, caótico y eufórico.

Carlos María, hacía rato que dejó de entender lo que se decía y ocurría a su alrededor. Todo le hacía recordar cuando desembarcó por primera vez en Miami. Todavía buscando ubicarse, vio cómo la multitud estallaba en un aplauso que imitaba el ritmo del abrazo. Comprendió, con una mezcla de temor y fascinación, que el discurso era solo el eco del golpe. Las palabras de Silverio eran vacías, pero el sonido... ese clap-clap –clap de foca guerrera era el verdadero contrato.

Silverio no estaba hablando para convencer a nadie; estaba marcando el ritmo de la marcha. Se dio vuelta, le guiñó un ojo al tecnócrata y, con un gesto de mando, le indicó que ahora le tocaba a él subir al estrado y tratar de hablar sin que se le quebrara la voz.

Carlos María, entre el sudor, el olor a tabaco y el eco de las hurras que todavía rebotaba en sus oídos, entendió para su desesperación que el abrazo no era el final de nada, sino el inicio de una maquinaria que no se detenía ante nadie. Silverio le palmeó el hombro una última vez, ya sin violencia, casi con lástima.

—¡Anichéne, doctor! —le dijo al oído mientras la polca partidaria empezaba a sonar a todo volumen—. ¡Bienvenido junto al pueblo!

Carlos María subió al estrado con la corbata ya floja y el sudor corriéndole por la sien y la espalda. Agarró el micrófono cuidando de que no se notara el fino temblor que se apoderó de él.

—Buenas noches... correligionarios! Es un honor estar aquí en este... este espacio de participación ciudadana. Silencio. Alguien tosió. Silverio atrás cruzó los brazos.

—Quiero hablarles de eficiencia en la asignación de recursos públicos. De sinergia entre el sector público y privado. De medios para medir el impacto social de las políticas de base.

Un murmullo. No de aprobación. De confusión .

Una vieja de adelante gritó:—¿Ha upéa pikó mba’éicha ja´u, doctor?

Carlos María hizo una mueca de sonrisa y continuó.

—Significa que... que hay que optimizar el gasto para maximizar el retorno social. Es decir, que cada guaraní rinda más.

Se le secó la boca. Miró sus notas. Las palabras técnicas y gráficos que había ensayado frente al espejo y se dio cuenta que ahí no servía de nada. Intentó cambiar el tono.

—Yo vengo de la academia. Tengo dos maestrías. He trabajado con el BID, con el Banco Mundial...

—¡Orendive ningo nunca nde remba’apoi va’ekue! —lo cortó otro desde el fondo

(—¡Vos nunca trabajaste con nosotros! —lo cortó otro desde el fondo—.)

–Carlos María sintió que el piso se le movía. Miró a Silverio buscando ayuda. El caudillo solo se encogió de hombros, abrió los ojos y torció la boca.

—Yo... yo solo quiero ayudar. Traer progreso. Modernizar. Hacer la situación más competitiva.

—¡Maa contra piko la ña competíta! —gritó el borracho de los “anichéne”.

(—¡¿Y contra quién piko lo que vamos a competir?! —gritó el borracho de los “anichéne”.)

El micrófono hizo un chillido por el acople, lo que aprovechó Carlos María para soltarlo como si quemara. Se hizo un silencio incómodo. Nadie aplaudía. Nadie gritaba. Solo el ventilador del techo quejumbroso dando vueltas

Silverio subió los dos escalones, le sacó el micrófono de la mano y le dio una palmada en la espalda. Otra vez. Más suave, pero con el mismo mensaje.

—Bueno, ya pehendúma ore kandídatope. Ha’e oikuaa papapy rehegua. Ñande katu jaikuaa ñande rapicha kuéragui. ¡Upévare jamba’apóta oñondive!. Ha’e ñanderehe’y ndaha’éi mba’eve ha ñande ha’eyre upéicha avei.

(—Bueno, ya escucharon a nuestro candidato. Él sabe de números. Nosotros, en cambio, sabemos de la gente. ¡Por eso vamos a trabajar juntos!. El sin nosotros no es nada, y nosotros sin él... tampoco.)

Hubo un aplauso tibio de compromiso. Carlos María bajó del estrado con la camisa pegada al cuerpo y la sensación de que le habían puesto un cartel en la espalda que decía “quien es éste?”. El traje de tres mil dólares ahora olía cada vez más a Silverio y a fracaso. Y entendió que bajo ese tinglado, tenés que pertenecer, o te comen.

Silverio vio la cara de Carlos María y entendió: si no lo sacaba ahora, lo sacaban en andas... pero para afuera. Subió al estrado sin pedir permiso. Le arrebató el micrófono antes de que el silencio se volviera violento.

Silverio bajó del estrado y le susurró a Carlos María mientras la polca empezaba a sonar:

—Viste, doctorcito. No era tan difícil. Vos conseguí nomás la plata. El resto dejá nomás a mi cargo. Pero acordáte: ¡SIN MÍ SOS MUDO. SIN VOS SOY POBRE!. Carlos María no respondió pero acabó de comprender en lo que se había metido.

Carlos María bajó de su 4x4 y avanzó por el pasillo tratando de mantener la compostura. Su traje slim-fit de color gris grafito, era una armadura de elegancia que se sentía ridícula bajo el techo de chapa. Él estaba acostumbrado al apretón de manos firme pero breve, al beso al aire en las mejillas de las galas benéficas.

Entonces, lo vio venir. Don Silverio se desprendió de la sombra de un mango como un bloque en movimiento.

—¡Doctor! —bramó Silverio, y el aliento a fritura de pastel y cerveza llegó y golpeó a sus narices antes que a su cuerpo.

No tuvo tiempo de reaccionar. Los pesados brazos de Silverio le rodearon comprimiendo el traje de tres mil dólares contra la camisa empapada en sudor de base.

Entonces empezaron los golpes. ¡CLAP, CLAP, CLAP!

La mano de Silverio, impactó contra su espalda y tuvo ganas de toser y sintió que le faltaba el aire; cada palmada de foca de Silverio era como un sello húmedo.

—Estamos todos juntos, ¿verdad, doctor? —le susurró Silverio al oído, mientras seguía golpeando la espalda acompasadamente con ese ritmo hipnótico y violento del ¡CLAP, CLAP, CLAP!

Sintió que sus pies se despegaban del suelo y solo pudo emitir un quejido sordo. El “Abrazo Republicano” lo estaba bautizando. Comprendió en ese instante que su título universitario no valía nada frente a la percusión ancestral de esa palma de mano que, con cada golpe, le recordaba que en ese patio, no manda la seda.

Trató de acomodarse el traje después de que Silverio lo suelte. Su fino olfato acostumbrado a Paco Raban, le informaba de que ahora él también huele a Silverio. Esa es la verdadera función del abrazo: ¡Marcar al otro!.

Pero, para su angustia, eso era solo el comienzo. En esos lugares y circunstancias, el ruido del abrazo funciona como el golpe de un mazo que abre la sesión. Apenas se separan, el aire se llena de una oratoria que parece escrita hace cincuenta años, pero que suena con la fuerza de una verdad ancestral.

Silverio soltó a Carlos María con la brusquedad de cuando deja caer una bolsa de papa en su casilla en el mercado 4. Apenas tuvo tiempo para aspirar un poco del aire viciado por el humo de cigarrillo y la fritanga de una hacendosa correlí. No hubo tiempo para recomponerse; el último palmoteo todavía vibraba en sus espaldas y en las chapas del techo cuando Silverio, se dio vuelta hacia la masa y rugió.

—¡Correligionarios! —La voz, un bramido que parecía venir desde el fondo de una caverna, acalló hasta el murmullo de los ventiladores de techo

—¡Pejecha haguáicha! Kóva hína la añuá ombokyhyjétava umi ndohayhúivape ñande partido. ¡Ko añuá ndojejokói! Kóva pete’î añua mbarete, ikatuva’erã añoite ome’ê pe tuguy pytã orekóva ñande partido bandera, okorréva ñande retepýre

(—¡Como ustedes pueden ver! ¡Este es el abrazo que hará temblar de miedo a los que no quieren a nuestro partido! ¡Este abrazo es imparable! ¡Este es un abrazo fuerte, el único capaz de entregar esa sangre roja que tiene nuestro partido como bandera, la cual corre por nuestro propio ser!).

Silverio extendió amenazante el dedo hacia la multitud,

—Aipóndaje oî he’íva ore jajeividiha, ¡pero pejecha haguáicha ndaipóri joavy ñande partido ñanerenói jave!

(—Por ahí andan diciendo que estamos divididos, ¡pero como ustedes pueden ver, no existen diferencias cuando nuestro partido nos llama!)

—El caudillo hizo una pausa dramática, clavando sus ojos en la primera fila, irguióse luego en toda su magnitud con un estudiado silencio. Elevó dos veces los talones mientras barría con la mirada a su gente como un general victorioso que pasa revista para confirmar que todo estaba bajo control.

—Oî oúva mbo’ehaovusugui, ambue katu jajúva tuju mbytetégui, upéicha avei ko kuarahy paraguái guýpe. Ko haku ñande mboyku, ñanembojoaju ha ñanemoî peteîcha ¡Péva upe tyapu pehendúva hína pe añuá ñanembojoajúva ojuehe, upéva hína pe “unidad granítica” oñeheróva! ¡Péva hína upe tenonde jeguaka ryakuã jahetúmava yvytúre!

(—Hay quienes vienen de la universidad, otros en cambio venimos del barro profundo, pero de igual manera bajo este sol paraguayo, este calor nos funde, nos une y nos vuelve una sola cosa. ¡Ese crujido que están escuchando es el abrazo que nos une unos a otros, eso es lo que se denomina “unidad granítica”! ¡Ese es el aroma de la victoria que ya sentimos en el viento!).

En medio de la perorata, un personaje que apenas se podía mantener en pie por efectos del alcohol, acaba cada oración con un "¡Anichéne”.

Silverio bajó el micrófono, pero no se retiró. Sabía que faltaba el sello final, el grito que hace vibrar hasta las raíces de los mangos. Miró al hurrero oficial de la seccional, un hombre rubicundo, de garganta de acero y venas hinchadas en el cuello, y le dio un cabeceo imperceptible.

El animador se pegó el micrófono a la boca y soltó el primer rugido que hizo que Carlos María saltara del susto:

—¡Atención, correligionarios! ¡Una hurra para nuestro glorioso Partido y para esta unidad granítica!

El estallido fue mecánico, ensayado por décadas de práctica:

—¡¡¡Raaaa!!! ¡¡¡Raaaa!!! ¡¡¡Raaaa!!! —gritó la masa al unísono, tres veces, como una fiera enardecida.

—¡¡¡Para la dupla de la victoria!!! —volvió a tronar el hurrero.

—¡¡¡Raaa!!! ¡¡¡Raaa!!! ¡¡¡Raaaa!!! —la segunda tanda de tres golpes de voz fue más fuerte, sintiendo Carlos María como si le golpeara el pecho e instintivamente dio un paso atrás.

—¡¡¡Y para el gran líder, Don Silverio, un 3 x3 reforzado!!! —remató el hombre, ya casi sin aire.

—¡¡¡Raaa Raaa!!! ¡¡¡Raaa Raaa!!! ¡¡¡Raaa Raaa!!! —el último triple grito terminó en un aplauso cerrado, caótico y eufórico.

Carlos María, hacía rato que dejó de entender lo que se decía y ocurría a su alrededor. Todo le hacía recordar cuando desembarcó por primera vez en Miami. Todavía buscando ubicarse, vio cómo la multitud estallaba en un aplauso que imitaba el ritmo del abrazo. Comprendió, con una mezcla de temor y fascinación, que el discurso era solo el eco del golpe. Las palabras de Silverio eran vacías, pero el sonido... ese clap-clap –clap de foca guerrera era el verdadero contrato.

Silverio no estaba hablando para convencer a nadie; estaba marcando el ritmo de la marcha. Se dio vuelta, le guiñó un ojo al tecnócrata y, con un gesto de mando, le indicó que ahora le tocaba a él subir al estrado y tratar de hablar sin que se le quebrara la voz.

Carlos María, entre el sudor, el olor a tabaco y el eco de las hurras que todavía rebotaba en sus oídos, entendió para su desesperación que el abrazo no era el final de nada, sino el inicio de una maquinaria que no se detenía ante nadie. Silverio le palmeó el hombro una última vez, ya sin violencia, casi con lástima.

—¡Anichéne, doctor! —le dijo al oído mientras la polca partidaria empezaba a sonar a todo volumen—. ¡Bienvenido junto al pueblo!

Carlos María subió al estrado con la corbata ya floja y el sudor corriéndole por la sien y la espalda. Agarró el micrófono cuidando de que no se notara el fino temblor que se apoderó de él.

—Buenas noches... correligionarios!. Es un honor estar aquí en este... este espacio de participación ciudadana. Silencio. Alguien tosió. Silverio atrás cruzó los brazos.

—Quiero hablarles de eficiencia en la asignación de recursos públicos. De sinergia entre el sector público y privado. De medios para medir el impacto social de las políticas de base.

Un murmullo. No de aprobación. De confusión .

Una vieja de adelante gritó:—¿Ha upéa piko mba’éicha ja´u, doctor?.

Carlos María hizo una mueca de sonrisa y continuó.

—Significa que... que hay que optimizar el gasto para maximizar el retorno social. Es decir, que cada guaraní rinda más.

Se le secó la boca. Miró sus notas. Las palabras técnicas y gráficos que había ensayado frente al espejo y se dio cuenta que ahí no servía de nada. Intentó cambiar el tono.

—Yo vengo de la academia. Tengo dos maestrías. He trabajado con el BID, con el Banco Mundial...

—¡Orendive ningo nunca nde remba’apoiva’ekue! —lo cortó otro desde el fondo

(—¡Vos nunca trabajaste con nosotros! —lo cortó otro desde el fondo—.)

-Carlos María sintió que el piso se le movía. Miró a Silverio buscando ayuda. El caudillo solo se encogió de hombros, abrió los ojos y torció la boca.

—Yo... yo solo quiero ayudar. Traer progreso. Modernizar. Hacer la situación más competitiva.

—¡Maa contra piko la ña competíta! —gritó el borracho de los “anichéne”.

(—¡¿Y contra quién piko lo que vamos a competir?! —gritó el borracho de los “anichéne”.)

El micrófono hizo un chillido por el acople, lo que aprovechó Carlos María para soltarlo como si quemara. Se hizo un silencio incómodo. Nadie aplaudía. Nadie gritaba. Solo el ventilador del techo quejumbroso dando vueltas

Silverio subió los dos escalones, le sacó el micrófono de la mano y le dio una palmada en la espalda. Otra vez. Más suave, pero con el mismo mensaje.

—Bueno, ya pehendúma ore kandídatope. Ha’e oikuaa papapy rehegua. Ñande katu jaikuaa ñande rapicha kuéragui. ¡Upévare jamba’apóta oñondive! Ha’e ñanderehe’y ndaha’éi mba’eve, ha ñande ha’e yre upéicha avae’i.

(—Bueno, ya escucharon a nuestro candidato. Él sabe de números. Nosotros, en cambio, sabemos de la gente. ¡Por eso vamos a trabajar juntos!. El sin nosotros no es nada, y nosotros sin él... tampoco.)

Hubo un aplauso tibio de compromiso. Carlos María bajó del estrado con la camisa pegada al cuerpo y la sensación de que le habían puesto un cartel en la espalda que decía “quien es éste?”. El traje de tres mil dólares ahora olía cada vez más a Silverio y a fracaso. Y entendió que bajo ese tinglado, tenés que pertenecer, o te comen.

Silverio vio la cara de Carlos María y entendió: si no lo sacaba ahora, lo sacaban en andas... pero para afuera. Subió al estrado sin pedir permiso. Le arrebató el micrófono antes de que el silencio se volviera violento.

Silverio bajó del estrado y le susurró a Carlos María mientras la polca empezaba a sonar:

—Viste, doctorcito. No era tan difícil. Vos conseguí nomás la plata. El resto dejá nomás a mi cargo. Pero acordáte: ¡SIN MÍ SOS MUDO. SIN VOS SOY POBRE!. Carlos María no respondió pero acabó de comprender en lo que se había metido.

Esta noticia fue desarrollada por los Profesionales del Grupo Diario Paraguayo gracias a la noticia original creada por nuestros amigos del Diario UltimaHora.

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