El espejo de la complacencia y el aplauso de los mediocres
En contraposición, una persona brillante, ética y exigente se presenta como un referente riguroso. Su existencia presiona al entorno a levantar los estándares a salir de la zona de confort y a comprometerse con lo óptimo. Para la persona instalada en la mediocridad, la excelencia es una amenaza directa que expone sus falencias.
Los mediocres suspiran aliviados cuando alguien carente de méritos, visión o capacidades de gestión llega a una posición de poder. Los aplausos a la cabeza no premian su gestión, más bien la vulnerabilidad compartida. El razonamiento subconsciente es simple: Si alguien tan limitado como él puede estar arriba, mis propias limitaciones quedan justificadas y mi lugar está a salvo.
Se instala la democratización hacia abajo, la línea de nivelación desciende. Bajo el mandato de la cabeza mediocre el rendimiento excepcional ya no es el norte; al contrario, es una práctica incómoda. El mérito y la capacidad crítica ya no existen, ocupan su lugar la lealtad y la adulación. Aplaudir a la máxima autoridad es un acto de autoaprobación.
LA PERSECUCIÓN AL TALENTO Y EL PACTO SILENCIOSO
La necesidad de supervivencia mutua crea, en estos ecosistemas simbióticos, un pacto implícito caracterizado por la protección contra las amenazas: La cabeza mediocre, consciente de sus propias debilidades, le teme al posible talento de sus dependientes. Por esto, se rodea de personas grises que no signifiquen una amenaza a su autoridad.
La recompensa a la sumisión: Los seguidores apoyan ciegamente a la máxima autoridad porque saben que su permanencia en la estructura no depende de su productividad, sino de su capacidad de halagar y alabar.
La proscripción del excelente: En estos sistemas, la persona proactiva, innovadora o crítica es vista como un enemigo común. Tanto la cabeza como sus seguidores se unen para sabotearlo, aislarlo o provocar su salida, simplemente porque su luz quiebra la cómoda oscuridad en la que subsiste el equipo.
En este tipo de organizaciones hay un mecanismo de supervivencia, aplaudir a la cabeza. Es una celebración de la no exigencia, la incompetencia es la visa de permanencia y es mejor arrastrase que intentar volar.
La gran amenaza de esta dinámica es su capacidad de anquilosarse. Las instituciones, empresas o naciones que caen en este bucle sufren una degradación progresiva, pues el líder mediocre de hoy forma a los líderes mediocres de mañana. Romper este círculo vicioso requiere coraje, pero sobre todo, la valentía de volver a incomodarnos con la excelencia y recordar que un aplauso unánime en la mediocridad no es más que el eco de nuestra propia decadencia.
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