El lloro en la llorería
Mientras el mandatario, Santiago Peña, mandó “a llorar a la llorería” a quienes critican a su gobierno, la magistrada Dina Marchuk sugirió a Kattya González, ex senadora, que acepte “sin lloro” la sentencia de la Corte que confirma su expulsión del Congreso.
Se trata de atribuir o destinar al llanto a la disidencia política interna y externa del Partido Colorado, y a los opositores de otros partidos. Se trata de un lenguaje de tipo condescendiente y denigrante, en bocas de funcionarios públicos. Obviamente, más la primera, pero también la segunda expresión, tiene implicancias políticas. Mientras el presidente está facultado para emitir opiniones particulares sin abandonar su investidura (aunque no esté habilitado a perseguir a sus rivales como lo hace), la jueza no lo está de ninguna manera, por la Constitución. Pero estamos acostumbrados a que –quienes deben al Partido Colorado las posiciones de poder que ocupan– no acostumbren a hacer diferencia entre intereses personales o corporativos y el Estado.
Lo que me interesa es, en todo caso, señalar este campo semántico referido al “llanto” a que apela el Ejecutivo y una de sus ejecutoras judiciales para atacar a la disidencia y la oposición, parte de La Lengua del Bando de los Contrabandos, parafraseando La lengua del Tercer Reich, del escritor y filólogo alemán Victor Klemperer: El manual lingüístico de un régimen parlamentario de hegemonía autoritaria.
Es llamativo que los sustantivos utilizados por ambos sean un neologismo y un arcaísmo, respectivamente. La “llorería” de Peña es una palabra derivada por sufijación, surgida en el reino de las redes digitales. El “lloro” de Marchuk es una palabra utilizada en el castellano del siglo XIII, caída en desuso. Se relacionan morfológicamente en que es muy probable que la primera derive de la segunda.
El término utilizado por Peña es de origen y uso rioplatenses, tanto como el Autómata del Bando de los Contrabandos es muy rioplatense en sus filias ideológicas (en lo que hace honor a su apellido desde los tiempos de la Colonia). En vez de “llorería”, sin embargo, el lingüista Joan Coromines registra “lloradero” en su Diccionario crítico etimológico, un argentinismo que significa “manantial que brota a través de las piedras”.
Muy paraguayo por el contrario es el término “lloro”, acaso con la estructura del guaraní acechando. Sabemos que aquí el castellano colonial sigue presente tanto en el lenguaje coloquial como en el escrito. Lloro es un ejemplo de esta persistencia. En un poema, Félix de Guarania escribe: Y es trino y luz y sueño/ del tiempo presentido./ Es sangre, sombra y fuego,/ es grito y canto y lloro,/ la alegría de la lágrima/ y la angustia de la risa.
Dijimos arriba que la palabra cayó en desuso, pero desde la década del 60 resurgió en el ámbito religioso: La Biblia. La edición castellana de 1602 de Cipriano de Valera –que se conocía extensamente en el Paraguay– ya incluía el término, pero la masiva popularidad de las ediciones posteriores al Vaticano II, intuyo, la hizo más corriente todavía, no solo entre los fieles católicos sino entre los evangélicos y pentecostales. Es en los textos proféticos del Antiguo Testamento –que también sirven de justificación para el apoyo corporativo y reaccionario del cristianismo a Israel– donde más encontramos la palabra lloro.
Además, llorería y lloro tienen usos preferencialmente futbolísticos en plena disputa del Mundial. La Albirroja (a la que el Autómata y su Bando vieron en el Sofi Stadium de Los Ángeles, y de la que se sirven como “marca país” para sus negocios particulares) debutó con un estruendoso “lloro” frente a los ojos sin llanto de Peña (como toda “máquina célibe”, según Jean Baudrillard). ¡Al menos el Tye raku mayor del Paraguay no estará presente contra Turquía en California!
Esta noticia fue desarrollada por los Profesionales del Grupo Diario Paraguayo gracias a la noticia original creada por nuestros amigos del Diario UltimaHora.
Nuestro equipo editorial trabaja para ofrecerte la información más clara, completa y actualizada.