La patria hoy: Entre el desfile militar y la falacia del globalismo
El reciente episodio de “idas y vueltas” respecto a la realización del desfile militar por los festejos patrios del 14 y 15 de mayo ha dejado al desnudo algo mucho más profundo que una simple falta de coordinación logística en el gabinete de Santiago Peña. Lo que presenciamos fue probablemente un síntoma de la fragilidad de nuestra identidad nacional y, sobre todo, de la precariedad del debate público sobre el tema, hoy secuestrado por narrativas que rozan lo absurdo.
Cuando el Ministerio de Defensa y la Secretaría de Cultura sugirieron inicialmente suspender el desfile para dar paso a un enfoque “más ciudadano y cultural”, la reacción de ciertos sectores no se hizo esperar. Algunos legisladores “disidentes” tildaron la medida de “atentado a la nacionalidad” y “alergia a la patria”, mientras, un mediático periodista –desde su ya conocido alarde de retórica soberanista de “nueva derecha”–, vio en la posibilidad de ausencia de botas marchando, un plan orquestado por el Foro de Davos y el “globalismo” para destruir al Estado-Nación paraguayo.
Cuando menos es patético, por no decir peligroso, que se intente instalar la idea de que la soberanía reside en la vistosidad de un uniforme o en el ruido de los tanques en la Costanera.
Sostener que una tal “agenda woke” busca desmilitarizar la memoria para facilitar una gobernanza global, a parte de constituir un análisis intelectualmente pobre; es, definitivamente, una cortina de humo que intenta ocultar las verdaderas amenazas a nuestra independencia.
Así las cosas, todo este episodio se convirtió, sin quererlo, en un plebiscito sobre el “alma nacional” y, en ese sentido, el asunto parece reflejar una pregunta filosófica de fondo: ¿qué significa ser paraguayo hoy? ¿Qué contiene ese concepto, ya vaciado de tanto estirarlo para cubrir realidades que no calzan?
La narrativa del “globalismo”, instalado inicialmente por Donald Trump y sus seguidores, es una narrativa potente y peligrosa: mezcla verdades, medias verdades y fantasmas en proporciones diseñadas para que no se las pueda refutar sin parecer cómplice del enemigo. Hay algo de cierto en que los organismos internacionales tienen agendas, intereses y presiones. Lo que la narrativa omite, deliberadamente, en el caso paraguayo, es que nuestra soberanía no la erosionan los tecnócratas de Davos: la erosionan los propios capangas de aquí adentro.
En ese sentido, la acusación hacia la ministra de Cultura, Adriana Ortiz, de intentar reemplazar el “orgullo patriótico” por una visión “multicultural descafeinada” revela una obsesión por una memoria histórica estática. Se pretende que las Fuerzas Armadas sean el único pilar fundacional del Estado, olvidando que una nación se construye también y, principalmente, desde el pensamiento, la cultura y la dignidad de su gente.
El Gobierno, ante el temor de ser tildado de “antipatriota”, reculó. El vicepresidente Pedro Alliana tuvo que “enmendar la plana” rápidamente para calmar las aguas de una opinión pública alimentada por la nostalgia de un pasado de orden y mando. Al final, el desfile se confirmó, pero la pregunta sobre qué significa ser paraguayo hoy quedó flotando en el aire viciado de nuestra política.
Resulta irónico que quienes hoy rasgan sus vestiduras por la intensión de suspender un desfile militar sean, en muchos casos, los mismos que guardan un silencio cómplice ante la verdadera pérdida de soberanía.
Si uno viaja hoy por la mayoría de las rutas del Paraguay, no encuentra la “tierra prometida” de los discursos oficiales. Lo que encuentra es el desierto verde de la soja, del girasol y el arroz que avanzan sobre comunidades campesinas e indígenas con litros de glifosato, dejando caos y destrucción a su paso. Esa es la patria hoy: una tierra entregada, saqueada y vendida al mejor postor de los agronegocios y la especulación financiera.
Ese paisaje desolado que decora nuestro suelo de norte a sur no lo impuso ningún foro internacional con banderines de colores. Lo construyeron, pacientemente, décadas de políticas de entrega, de tierras malhabidas, de comunidades expulsadas, de ríos envenenados. La patria no fue tomada por asalto desde afuera: fue cedida desde adentro, pedazo a pedazo, escritura por escritura.
¿Dónde están los defensores de la “nacionalidad” cuando nuestros bosques desaparecen o cuando el control de nuestros ríos se discute en oficinas extranjeras? Es que la soberanía no se defiende con desfiles y el amor a la patria no se enseña con himnos nacionales. Ya lo dijo con toda certeza, Rafael Barret en 1910, en la Patria y la Escuela, que un profesor por muchos himnos que haga entonar a sus alumnos, no les inculcará el amor a la patria porque no existen procedimientos pedagógicos para eso, como no los hay para inculcar el amor a la familia. Las síntesis sentimentales no surgen en nosotros a fuerza de razonar, sino a fuerza de vivir, afirmaba el autor. El amor a la familia nace del ambiente del hogar; el amor a la patria nace del ambiente colectivo; y el más sublime de los amores, el amor a la humanidad, nace del ambiente elevado que flota por encima de los siglos y de las fronteras. Barret insistía en que la escuela no se debe adorar, sino comprender, que la verdad no tiene patria, que no es el fanatismo quien engrandece las patrias modernas, sino el trabajo, y que, por lo general, no hablan a cada momento de la patria los que la engendran, sino los que la explotan.
A este país le sobran desfiles y le faltan marchas decía un amigo sociólogo en estos días y tiene razón. Nos sobra la escenificación del poder y nos falta la movilización ciudadana que exija justicia social. El desfile es jerárquico, estático, obedece a una orden; la marcha es dinámica, democrática y nace de la necesidad de transformación.
Y nuestra marcha patriótica requiere recuperar con urgencia la visión de Carlos Miguel Jiménez. Esa patria que soñamos es aquella que no tenga hijos desgraciados ni amos insaciados que usurpan sus bienes. Una nación que sea un huerto con fragancias de fueros humanos, donde el pensamiento sea libre como el viento y sin miedo a metrallas.
Ser paraguayo hoy no debería ser el acto de aplaudir armas, sino el compromiso de soñar y construir esa nación modelo que se eleve por su cultura y no por su capacidad de coacción. Mientras sigamos confundiendo el patriotismo con el esteticismo militarista, seguiremos siendo una isla rodeada de tierra, prisionera de sus propios mitos y de los intereses de quienes, en nombre de la bandera, terminan vendiendo hasta el último rincón de nuestro suelo.
Más allá que en la suspensión de desfiles, la verdadera “alergia a la patria” consistiría, entonces, en la aceptación resignada de que el Paraguay siga siendo un lugar de impunes amos e hijos con hambre.
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