La plaza Uruguaya: Sacerdotes de la imagen y juglares del pueblo
Un retrato de la vida cotidiana en la capital a través de fotógrafos y visitantes
La clientela que transitaba la plaza Uruguaya conformaba un variado mosaico de vidas: alojeras, chiperas, conscriptos, empleadas domésticas y campesinos que llegaban o partían desde la Estación Central del Ferrocarril. Cada persona cargaba su propia historia y destino, empeñada en dejar constancia de su paso por la capital antes de que el silbato de la locomotora dictara la partida.
En ese espacio también se hacía presente el indio Maká, quien recorría el lugar ofreciendo coloridas fajas, arcos y flechas, repitiendo con monótona cadencia: «Schantoki», o algo similar.
Los fotógrafos como sacerdotes de la imagen
Los fotógrafos ejercían su labor con la solemnidad de verdaderos sacerdotes de la imagen. Llegaban entrada la mañana, cuando el sol se filtraba entre los lapachos, y se retiraban al caer la tarde, cuando las sombras de los árboles se alargaban sobre los caminos de tierra y la gente apresuraba el regreso. Las columnas del alumbrado, marcadas por los impactos de revoluciones pasadas, eran testigos silenciosos de la historia; en sus entrañas, los fotógrafos descartaban las tomas fallidas, restos de un ritual que se repetía sin cesar.
En ese escenario, el acto fotográfico se desarrollaba con una expectación particular. El retratista, como un mago, impartía instrucciones con voz firme mientras el cliente se preparaba para la pose final. Las empleadas domésticas ajustaban el plisado de sus polleras de tonos vibrantes –rosas o celestes– y los soldados, uniformados con el verde reglamentario, se posicionaban con precisión: mentón recogido y mirada hacia el horizonte, conforme a la instrucción cuartelera.
El operador daba una última mirada antes de sumergir su cabeza en la bolsa negra adosada al cajón. Mientras alzaba la mano izquierda para distraer al sujeto, este contenía instintivamente la respiración hasta verlo emerger nuevamente. Era un acto de prestidigitación, un juego de magia repetido para satisfacción del protagonista y del público, que acompañaba en reverente silencio, conteniendo también el aliento.
Otros servicios en la plaza
Para los viajeros apurados existían puestos de revistas estratégicamente ubicados en las esquinas. Atendidos por solícitos revisteros, proveían periódicos y cómics a quienes deseaban llevarse un fragmento de ciudad consigo.
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