La tristeza repetida de las gradas vacías
Hay una escena recurrente en la rutina del fútbol paraguayo que la televisión oficial —con su retórica de alta definición y sus zócalos de auspiciantes omnipresentes— procura camuflar con relativo éxito, finalmente inocultable: la vaciedad de los estadios, su abrumador silencio en algunos casos. No es un hecho de ahora, sino una característica promedio de la liga nacional desde hace al menos tres o cuatro décadas.
Aun cuando se puede decir que en otros tiempos, pre-televisivos o de baja incidencia tecnológica, los aforos se mostraban más multitudinarios, este cronista entiende (digámoslo de entrada) que la masividad en los espectáculos futbolísticos, hablando cancha por cancha, no fue nunca parte de la cultura futbolera paraguaya: no somos los paraguayos de ir masiva y rutinariamente a los estadios. Salvo los dos clubes asuncenos más populares y un par de más allá de Calle Última, históricamente es escasa la concurrencia en promedio, y aun en el caso de Cerro y Olimpia lo que se llama una “buena concurrencia” (pongamos por caso unas veinte mil personas) solo se da en contadas ocasiones en el año. El resto de los partidos usualmente se desarrolla ante inmensas soledades o un puchito de barras.
Sin embargo, esto no quiere decir que no se pueda modificar la realidad y hacer que más gente vaya a los estadios en Paraguay.
Por eso hay que comenzar hablando de los estadios mismos. A diferencia del resto del continente, con excepción de otro país con poca población como Uruguay, hasta hace poco tiempo no había más que un reducido número de recintos capaces de recibir a una gran cantidad de hinchas, por arriba de los diez mil. Las comodidades dentro y fuera de los estadios tampoco abundan, generalmente, más allá de que hoy se ven más butacas que antes.
En las últimas semanas, las habituales discusiones periodísticas e interdisciplinarias han vuelto a bordear el síntoma sin querer diagnosticar la enfermedad. Se habla de la inseguridad en los accesos, de la rigidez burocrática en las aplicaciones de la Ley de Prevención de la Violencia en Eventos Deportivos, de los precios prohibitivos fijados para los sectores visitantes o de las inclemencias de un clima implacable. Sin embargo, cuando se observan con detenimiento los fríos balances financieros y los números oficializados por la propia Asociación Paraguaya de Fútbol (APF), la sospecha inicial se convierte en una certeza: en la arquitectura financiera de la liga paraguaya, la presencia física del espectador de a pie se ha vuelto un factor prescindible, un adorno secundario en la escenografía de la transmisión privada.
La geografía del desierto y la hipertrofia de los “dos”
Para comprender la magnitud de esta grieta sociológica, basta con revisar la radiografía continental de las asistencias. La Primera División de la APF arrastra hoy un promedio global de convocatoria que oscila entre los 3.000 y 4.000 espectadores por partido, pero gran parte de estos números son aportados por Olimpia y Cerro Porteño, por lo que es un espejismo: cualquier otro partido puede tener un par de centenares de espectadores nada más.
Con honrosas excepciones vinculadas estrictamente al arraigo territorial del interior —como el Sportivo 2 de Mayo en Pedro Juan Caballero, cuyo Estadio Río Parapití suele ofrecer marcos de fiesta popular de entre 5.000 y 7.000 almas, o las breves efervescencias de Guaireña en Villarrica o de Deportivo Santaní en San Pedro—, el resto del mapa futbolístico metropolitano naufraga en la irrelevancia de público.
Nombres como Sportivo Ameliano o Deportivo Recoleta —clubes que en no pocas ocasiones arrastran una representación territorial casi testimonial o desdibujada por años de itinerancia por estadios alquilados— convocan por fecha cifras que no llegan casi nunca a los mil espectadores. Según los propios registros contables de la matriz del fútbol nacional, el grupo de clubes de menor convocatoria de Asunción y Gran Asunción apenas representa entre el 1,2% y el 2,5% del total del boletaje comercializado en todo un torneo oficial.
Si se compara esta realidad con el contexto sudamericano, el contraste adquiere tintes de dramatismo. Mientras el Brasileirão despliega estadios que promedian entre 31.000 y 33.000 espectadores —impulsado por gigantes como Flamengo (con más de 61.000 personas por juego) o São Paulo— y la Liga Profesional Argentina mantiene una media continental cercana a los 26.000 hinchas —encabezada por el monumentalismo de River Plate (84.000) y la mística tubular de Boca Juniors (57.000)—, el fútbol paraguayo se ubica en el furgón de cola de la región, compitiendo en guarismos de asistencia únicamente con mercados de escala mucho menor.
¿Por qué están vacías las gradas paraguayas? Contra la masividad de los espectáculos conspira, además de las capacidades de los estadios mismos, una característica sociológica histórica del Paraguay: su escasa urbanización hasta hace al menos hace treinta años. En Argentina o Brasil, con grandes centros urbanos y una histórica organización territorial, los clubes abrevan de lo popular en las entrañas de los barrios con un marcado juego de identidad que en Paraguay no tenemos o escasamente, de manera muy hosca.
Siguiendo en la línea de razones de índole eminentemente política y económica, la gentrificación de la experiencia futbolística a través de la mediación de la pantalla, acaecida en Paraguay a fines de los años 70, condiciona la experiencia futbolera nacional porque la influencia de la pantalla anida en una parca cultura de la celebración popular, casi siempre reducida a lo religioso, con menos expresiones masivas “profanas” o deportivas.
En principio, la sostenibilidad de un club de fútbol depende de un pacto social tácito entre la dirigencia y la masa de socios e hinchas informales. La cuota social, el carnet, la rifa del club y la entrada del domingo constituyen, en principio, el corazón del presupuesto operativo de las instituciones. Hoy, en cambio, la abrumadora mayoría de los presupuestos de la Primera División está cubierta y garantizada de antemano por la venta de los derechos de televisión y los patrocinios corporativos ligados al stream y las plataformas de telecomunicaciones. Esta financiación, por supuesto, ejerce poder sobre la organización del fútbol, pero también lateralmente sobre su cultura: no solo se juega a la hora que quiere la televisión, sino se privilegia la experiencia aséptica de ver los partidos en los hogares antes que en los estadios.
Al eliminar la taquilla como variable indispensable de supervivencia, la dirigencia deportiva desarticuló cualquier incentivo para cuidar al espectador tradicional. ¿Para qué diseñar campañas de fidelización comunitaria? ¿Para qué invertir en comodidades mínimas —baños dignos, accesos ágiles, zonas de sombra o precios populares para la familia trabajadora— si el cheque de la televisión ingresa a fin de mes de forma ininterrumpida, al margen de si en la grada hay quinientas o cinco mil personas?
El hincha presencial pasó de ser el sujeto activo de la fiesta popular a convertirse en un extra mal pagado en un set de televisión. Y cuando el extra exige condiciones mínimas o se ve sometido a horarios insólitos —partidos fijados un martes a las 17:30—, el hincha simplemente opta por quedarse en casa.
A esta mercantilización del espectáculo se le suma un problema de diseño institucional: la proliferación de clubes sin arraigo comunitario dentro de la categoría de privilegio. El fútbol, en su génesis del siglo XX, fue una expresión de identidad barrial, social o política. Un club representaba un vecindario, una fábrica, una causa o un territorio. Sin embargo, la Primera División paraguaya se ha poblado gradualmente de instituciones “nómadas” o de representación atomizada, que carecen de una masa social propia que los acompañe. Equipos que alquilan canchas ajenas cada fin de semana, mudando su localía de Villa Elisa a Trinidad, de Asunción a Carapeguá, erosionando cualquier posibilidad de construir un sentido de pertenencia intergeneracional.
El resultado es una transmisión televisiva que proyecta hacia el exterior una imagen desoladora: estadios con gradas de hormigón desnudo, pintadas con colores chillones de patrocinadores de apuestas o entidades bancarias, pero vacías de pasión humana.
Por de pronto, los domingos en Asunción o en San Lorenzo, siguen ofreciendo la misma postal desabrida: un show pensado para las pantallas, donde el único ausente es el pueblo que le da sentido a este deporte.
Esta noticia fue desarrollada por los Profesionales del Grupo Diario Paraguayo gracias a la noticia original creada por nuestros amigos del D10 Paraguay.
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