Madres, maestras y las furias del interés privado
O sea: las maestras debían saber vidas de héroes civiles, seguramente, pero más que nada militares; debían saber el origen y la naturaleza divinos de las cosas; debían saber una ética kantiana de los deberes y un higienismo cívico-burgués.
Lo que Speratti creía que las maestras paraguayas de fines del siglo XIX debían saber es una mezcla de mucha educación religiosa y poco laicismo, algo liberal, una donde los primeros dos elementos representan la continuidad del antiguo orden colonial y monárquico (autoridad terrenal y divina aunadas), mientras los dos restantes tienen la influencia de los ideales del liberalismo ilustrado de posguerra (derechos y obligaciones).
Esta mezcla paraguaya entre colonialismo y republicanismo, entre tradición y modernidad, se sintetiza en el citado discurso de Speratti. Allí trazó una línea directa entre la madre y la maestra. Ya lo sabemos, pero digámoslo: una profesión que, para las élites tanto conservadoras como liberales del Río de la Plata a fines del siglo XIX, no rompía con el mandato doméstico “natural”: las mujeres son madres y maestras por naturaleza divina y cívica.
Este imperativo categórico de Speratti es la síntesis a que han arribado las élites sapientes paraguayas entre 1880 y 1992, liberales y republicanas; pero a regañadientes, no sin dar sangrienta oposición, también la casta eclesiástica. El creacionismo dejó de ser el saber dominante entre los deberes de las maestras y los maestros, pero solo aparentemente. Se sabe que la religión no abandonó la educación “reformada”. Este es el pragmatismo cultural y político que tiene rango constitucional desde 1992, como “formador” de la nación: una burocracia feligresa y militante. El Estado paraguayo es católico, últimamente pentecostalista. Es decir, es conservador, pero ahora además extremista de derecha si tenemos en cuenta a la facción pro-israelí y trumpiana que gobierna. El Paraguay no es una teocracia solo por falta de entusiasmo reformador de su dirigencia centro-derechista y neofascista.
Entre aquellos “deberes de ser” de Speratti, domina esta dimensión todavía divina de los saberes como tradición y costumbre. No se ha profundizado en lo más liberal y republicano del decálogo sperattiano en los últimos treinta y cinco años (mucho menos en otras vertientes pedagógicas más liberadoras como las de Paulo Freire o Humberto Maturana). Hace treinta y cinco años fue cuando se dio por primera vez la oportunidad histórica de hacer esto como sociedad. Pero a pesar de los maquillajes modernistas de la educación y la reforma institucional del poststronismo, últimamente atacados por los cínicos defensores de Dios, la familia y la patria, sigue gobernando el Paraguay la reacción que gobernó durante casi trescientos años en nombre del rey español y el Papa de Roma, esa cosa borbónica y anticomunera hegemonizó la política colonial bajo las más diversas máscaras.
A este contubernio de autoridades culturales solo aparentemente en conflicto, más o menos capitalistas según los casos, Karl Marx llama en el “Prólogo a la primera edición” de El capital, “las furias del interés privado”. Por ejemplo, la furia eclesiástica: “La Alta Iglesia de Inglaterra, por ejemplo, antes perdonará el ataque a treinta y ocho de sus treinta y nueve artículos de fe que a un treintainueveavo de sus ingresos”, escribió con irónico realismo perdurable. Después de la ruptura con el papado, la High Church anglicana “conservó, a diferencia de los calvinistas y otras iglesias protestantes, lo esencial de la estructura jerárquica y de la liturgia de la Iglesia Católica”, informa.
Las furias del interés privado siguen perdurando, evidentemente; como también siguen perdurando quienes perdonan treinta y cinco años de dictadura antes que el ataque a sus privilegios.
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