Sobre el deseo
Esa lectura es falsa, y es falsa a propósito. No es ingenuidad, es una forma de mantener el orden: Si el deseo popular es “chico”, entonces no hace falta redistribuir nada gordo para calmarlo. Alcanza con una promo, una feroz oferta, donaciones de artículos usados, con la sensación de haber llegado a algo. A veces necesitan creer que el pobre pide poco para no tener que preguntarse por qué el pobre tiene tan poco.
La verdad es otra, y más incómoda: El deseo es el mismo. Nadie sueña con una zapatilla trucha porque le alcance con eso. Se sueña con la zapatilla porque es lo único de ese mundo entero –el mundo de la marca, del prestigio, de pertenecer a algo global que te mira desde la vidriera– que se puede tocar con la mano.
El champión no es el techo del deseo. Es el punto de entrada.
Detrás hay lo mismo que hay detrás del cheto que compra la original en el shopping: Querer ser visto, querer estar adentro, querer que el cuerpo propio no delate de dónde viene apenas se lo mire.
La diferencia nunca fue el tamaño del sueño, sino el precio de acceso. Uno paga con tarjeta y sale con la caja sellada; al otro le toca negociar por Marketplace, aceptar la copia, cargar con la sospecha de “trucho” como si fuera una falta moral en vez de una consecuencia económica. Y aun así se banca el costo simbólico completo: El que compra original nunca tiene que explicar por qué las eligió, el que compra la trucha sí, todo el tiempo, empezando por la propia vergüenza que le enseñaron a sentir.
El sociólogo francés Pierre Bourdieu ya lo había advertido hace décadas: El gusto nunca es inocente ni espontáneo, es la forma en que la desigualdad social se disfraza de preferencia personal. Lo que llamamos “buen gusto” no nace del refinamiento, sino de la distancia que alguien logra ponerle a la necesidad; solo elige con calma quien no tiene que sobrevivir eligiendo. Por eso el desprecio por tu champión no es solo estético, sino la manera en que una clase convierte su ventaja material en superioridad moral.
Ahí está el verdadero trabajo del capitalismo estetizado: No solo vende la marca, vende también la interpretación de quién puede desearla de verdad. Convierte el deseo idéntico en dos deseos de distinta jerarquía moral. Al de arriba lo llama ambición. Al de abajo, conformismo, mal gusto o se cuestiona la “falta de prioridades”. Con esa doble vara se sostiene la idea de que el pobre no es que no pueda es que no quiere en serio; que se conforma. No alcanza. Nunca alcanzó. Lo que cambia no es la intensidad del deseo, es el terreno donde a cada quien le toca jugarlo.
En el fondo el reclamo es simple: Nadie debería tener que pedir perdón por querer unos buenos championes. No es capricho, no es superficialidad, no es “falta de prioridades”. Es el mismo derecho a sentirse bien en el propio cuerpo, a caminar sin que el calzado delate la billetera, a elegir sin que la elección se convierta en juicio. Tener acceso a lo bueno, a lo que dura, a lo que no se despega al segundo mes, no debería ser privilegio de pocos. Es, apenas, lo que se le debe a cualquiera que sale a la calle todos los días a jugársela entera. Detrás de esa zapatilla, como detrás de cada cosa pequeña que se nos niega, está pidiendo paso el reclamo más grande de todos: El derecho a una vida digna, completa, sin tener que demostrar todo el tiempo que la merecemos.
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