The Statue of Liberty is kaputt y la narrativa bélica que define lo que creemos
(Por Hernán Fernández de Tabarez) De la épica escena de la película Rescatando al Soldado Ryan (1998), donde el ejército alemán difunde en alta voces la frase del título de esta nota, tratando de desmotivar a sus adversarios; a los microclimas que vemos y leemos en Redes y que no están ahí por casualidad, sino porque responden a algoritmos, discursos oficiales y a una disputa que también se libra en la percepción.
En toda guerra hay dos frentes muy bien diferenciados. El campo de batalla donde se atacan y destruyen infraestructuras, y el simbólico que es donde se construyen los relatos y se define lo que la gente cree que está pasando.
Hoy ese segundo es más rápido, masivo y muchas veces igual de determinante.
Ambos bandos tienen una necesidad básica inicial, que es instalar quién es el bueno y quién el malo. Eso no se resuelve en la lucha, se construye con el mensaje y el lenguaje, ya que no es lo mismo hablar de ataque que de respuesta, de defensa que de represalia, o de terrorista que de combatiente. Cada palabra encuadra la realidad, y eso es parte de la contienda.
Cuando abrimos nuestras Redes Sociales en medio de un conflicto, sentimos que estamos viendo lo que pasa, en videos, imágenes, testimonios, análisis. Pero perfectamente puede ser que esto no sea lo que realmente está ocurriendo, sino lo que nos quieren contar. Una versión filtrada, ordenada y amplificada por plataformas que no buscan la verdad, sino la interacción y mostrarnos nuestro propio mundo, en un entorno donde la mayoría de los contenidos refuerzan lo que ya pensamos. Eso genera una sensación peligrosa de creer que todos vemos lo mismo.
Pero no es así.
Antes el relato lo construían los medios o los gobiernos, pero hoy es más complejo, porque ya no hay un único emisor, cualquier usuario puede instalar una versión, amplificarla y hacerla circular. La narrativa dejó de estar centralizada, y eso la volvió mucho más difícil de controlar.
Ya en 1969 Marshall McLuhan decía que “el medio es el mensaje”, haciendo alusión a que el impacto real de los medios no proviene tanto del contenido, sino de la tecnología y su fuerza de alcance masivo y a partir de ahí como moldea nuestra percepción. Si trasladamos esa premisa a esta época, podríamos decir algo incluso más incómodo, como que es el algoritmo quien decide qué lado del mensaje existe para cada uno de nosotros.
Sabemos que quien controla la información, maneja el poder, y en ese contexto aparece un concepto muy importante, que es el dominio cognitivo. Ya no se trata solo de influir en lo que pensamos, sino en cómo interpretamos lo que vemos.
Pensar que esto es nuevo sería un error. En la Segunda Guerra Mundial ya se entendía que el relato también era un arma. Si algo no era verdad no importaba, porque era parte de la estrategia de instalar y condicionar una idea, para desgastar al otro.
Hoy pasa exactamente lo mismo, solo que en lugar de soldados, hay millones de usuarios replicando mensajes en tiempo real.
Los algoritmos no crean contenido pero deciden cual circula más, y en contextos de conflicto (como en casi todos los momentos), lo emocional y lo extremo es lo que genera más reacción. Al mismo tiempo, los actores en disputa entienden esta lógica y adaptan su comunicación.
El resultado es un círculo difícil de romper:
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Los discursos se diseñan para viralizarse.
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Los algoritmos los amplifican.
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Los usuarios los consumen y los refuerzan.
Y así se construyen realidades paralelas, que no son necesariamente falsas, pero sí muchas veces incompletas o sectorizadas.
Hannah Arendt lo advirtió hace décadas: “La mentira organizada destruye la distinción entre verdad y falsedad”.
Y ese es el punto, ya que no hace falta que todo sea mentira, alcanza con que sea confuso.
Muchas estrategias actuales no buscan convencer, sino saturar, llenar el espacio de versiones, medias verdades y contradicciones hasta que distinguir lo verdadero se vuelva imposible. Porque cuando todo parece relativo, cualquier narrativa puede imponerse, y si bien sabemos que la bélica no reemplaza a la lucha real, la condiciona al moldear opiniones, definir apoyos y presionar decisiones.
En esta otra guerra el usuario no es solamente un espectador, sino un actor importante, porque consume, comparte, comenta, amplifica, y muchas veces sin darse cuenta se convierte en parte del mecanismo. Por eso el desafío no es solo informarse, también es entender cómo estamos siendo informados.
Una historia bien contada puede dar vuelta al mundo antes de que el primer misil llegue a destino, y en ese recorrido puede cambiarlo todo, porque las guerras ya no se libran solo en el campo de batalla, también se ganan o pierden en las interpretaciones de las personas.
Como decía Sun Tzu: “La mejor victoria es vencer sin combatir”, ganar mediante la estrategia, inteligencia y planificación, incluso antes de que inicie el conflicto, y por sobre todo, hacerlo en la cabeza de la gente.
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