Dolly Parton y el fin del largo siglo XX
Recibí la noticia a través del mensaje de Instagram de un amigo, mientras regresaba de un almuerzo de trabajo. La historia de un medio de comunicación paraguayo: “Último Momento: Murió Dolly Parton”. Caminando por la avenida Brasil, contuve las lágrimas provocadas por una avalancha de soledad existencial. Justo el día anterior la nombré entre mis héroes de la cultura popular cuando otro amigo me preguntó si tenía alguno. Inmediatamente, el internet se inundó de homenajes a su vida y lamentos por su muerte, desde los rincones más diversos de nuestras sociedades globalizadas y divididas. Todo el mundo la amaba. Todos están tristes de verla partir.
Un intercambio de Instagram con mi hermana: “Era como una de las mejores personas” / “En serio, como el último buen americano”. Para mí, no fue solo un artista. Fue un modelo político: La prueba de que otra trayectoria para la clase trabajadora era posible. Su muerte señala el fracaso de los ideales democráticos al final del “largo siglo XX”, y la amarga tarea que enfrentamos de resucitar esos valores en las terribles circunstancias políticas de nuestros tiempos.
El Mundo que la Hizo: El Sur Estadounidense de Principios del Siglo XX
Dolly Parton nació en 1946 en Tennessee, la cuarta de doce hijos, en una cabaña de dos habitaciones sin electricidad ni agua. Su padre era aparcero, trabajaba la tierra de otro y recibía como pago una parte de la cosecha, atrapado en un ciclo de deudas del que nunca escapó. No sabía leer ni escribir. Este era el Sur agrario, un mundo que resultaría familiar para la generación de nuestros padres en Paraguay: Un sistema social jerárquico de terratenientes, pequeños agricultores, aparceros y campesinos sin tierra. Tanto familias negras como blancas sin tierras estaban atrapadas en deudas que hacia que el ascenso social sea una broma cruel.
Pero el mundo en el que nació Dolly fue transformado a lo largo de su vida. La desigualdad sin precedentes de los Locos Años Veinte dio paso al desplome de la bolsa de 1929, dio paso a la Gran Depresión. Paralelamente, la migración internacional masiva, los conflictos étnicos y el trasplante de organizaciones socialistas y comunistas desde Europa habían creado un movimiento obrero militante dispuesto a desafiar al capital y al Estado. En la década de 1930, bajo Franklin D. Roosevelt, el Nuevo Acuerdo se nutrió de esa energía radical y a la vez buscó contenerla, optando por la reforma antes que la revolución, con proyectos masivos de obras públicas, seguridad social y protecciones laborales.
Pero el Nuevo Acuerdo no fue un proyecto progresista unificado.
Fue una alianza partidista demócrata entre moderados corporativos del norte, liberales urbanos, militantes laborales, y los “Dixiecrats”, los demócratas del sur que tenían poder de veto en el Congreso. La contradicción en el corazón de esta coalición era enorme: El Nuevo Acuerdo avanzaba la causa de los trabajadores mientras hacía poco por desafiar –y en muchos aspectos reforzaba– la jerarquía racial que dividía a la clase trabajadora.
Cuando los terratenientes recibieron subsidios de la Ley de Ajuste Agrícola (1933) para retirar tierras de la producción, desalojaron a las familias blancas y negras que las cultivaban, creando una crisis humanitaria para campesinos sin tierra.
Al mismo tiempo, la Autoridad del Valle de Tennessee llevó electricidad y carreteras a los Apalaches. La radio, la tecnología de grabación y el acceso a una audiencia nacional transformaron la región e hicieron posible el ascenso de Dolly. Su tío le regaló una guitarra. A los diez años tocaba en la radio local. A los trece debutó en el Grand Ole Opry. A los dieciocho tomó un autobús a Nashville. El Nuevo Acuerdo creó las condiciones para que la hija de un aparcero se convirtiera en superestrella global, pero también consolidó las divisiones raciales que harían políticamente significativa su navegación de ese estrellato.
Música Country, Identidad Americana y la Disputa Racial del Neoliberalismo
La música country hoy es para muchos el himno del nacionalismo blanco en Estados Unidos. No siempre fue así. Surgió del intercambio interracial entre blancos pobres y negros en el Sur agrario, como expresión cultural de personas que compartían falta de tierra, pobreza y servidumbre por deudas. Pero cuando una coalición de terratenientes sureños e industriales del norte derrotó al movimiento obrero multirracial en las décadas de 1930 y 1940, la industria musical corporativa transformó esta cultura musical en un instrumento de las divisiones raciales que transformarían la política estadounidense y desharían el Nuevo Acuerdo.
En 1964, un Congreso demócrata aprobó la Ley de Derechos Civiles, que prohibió la segregación y la discriminación política contra los afroamericanos. Pero la ley también produjo una reacción que el Partido Republicano aprovechó primero para conquistar el Sur, y luego para construir una coalición de blancos pobres y élites adineradas que restauraría el poder corporativo desregulado. La Estrategia Sureña, de Richard Nixon, desplegó el lenguaje de “derechos de los estados” y “ley y orden” para movilizar el resentimiento racial. En los 1980 Ronald Reagan refinó la estrategia con referencias a “reinas negras de los planes” que usaban beneficios públicos para comprar abrigos de piel y conducir Cadillacs, justificando la desregulación, los recortes de impuestos y el desmantelamiento del estado de bienestar. En 1992, Pat Buchanan declaró una “guerra cultural” por el alma de Estados Unidos, convirtiendo la identidad cultural en el eje de la política e haciendo aceptable la agenda neoliberal para votantes cuyos intereses socavaba. Y mientras tanto, el neoliberalismo creaba su propia crisis social: Hiperindividualismo, atomización social, soledad.
Ahora, la administración Trump explota los traumas creados por décadas de fundamentalismo de mercado, movilizando la ira de la clase trabajadora blanca decadente contra las instituciones democráticas del siglo XX. La noción de “América Heredada” de J.D. Vance busca restaurar la dignidad de un pueblo perdido con una visión de nacionalismo blanco de los Estados Unidos no como un ideal, sino como “un lugar particular con un pueblo particular” que comparte tradiciones arraigadas en la cultura agraria de los Apalaches y la región Atlántica. Sin embargo, incluso yo –hijo de inmigrantes paraguayos llegados en la década de 1970– reclamo como herencia la música folclórica estadounidense y los espirituales afroamericanos que aprendí en la escuela primaria como parte del legado de educación pública del Nuevo Acuerdo. La música de los desposeídos me dio una herencia no por sangre, sino porque pertenecía a cualquiera que la reclamara como propia y cantaba en solidaridad.
El Legado de Dolly Parton al Final del Largo Siglo XX
Dolly Parton podría haber sido la representante perfecta del giro al nacionalismo blanco. Tenía toda la autoridad: Raíces apalaches, pedigrí de clase trabajadora, fe pentecostal. Era “auténtica” en formas que ningún estudio de Nashville podría fabricar. Pero nunca permitió eso. Su música y su persona crearon espacio para otros en lugar de definirse contra ellos. Su canción Coat of Many Colors (1971) cuenta la historia de un abrigo que su madre cosió con retazos mientras le contaba la historia bíblica de José y su túnica de muchos colores. Relata el acoso que sufrió en la escuela y cómo el amor de su madre transformó la vergüenza en orgullo. Dolly dijo que la canción “cubre mucho terreno” y trata sobre “la aceptación”, “el bullying” “que está bien ser diferente”. Es una reivindicación de identidad trabajadora que no requiere un enemigo y que dejó la puerta ampliamente abierta a la solidaridad con el movimiento de orgullo LGBT.
En la película 9 to 5 (1980), Dolly interpretó a una de tres mujeres que le dan vuelta la mesa a su jefe sexista.
Para entonces, las mujeres habían ingresado a la fuerza laboral en números récord, pero aún enfrentaban un techo de cristal y una brecha salarial de cincuenta y nueve centavos por dólar.
La película dio voz a esa frustración, y su canción tema, interpretada por Parton, fue inequívoca: “Es un juego de hombres ricos, no importa cómo lo llamen / Y pasás tu vida poniendo dinero en su bolsillo”. Pero su compromiso con los trabajadores no era performativo. Durante 58 años portaba un carnet sindical en el estado antisindical de Tennessee, presentando contratos para cada concierto y tour, asegurando el pago justo de sus músicos. La AFL-CIO la llamó “hermana sindical” que “luchó por las familias trabajadoras durante toda su carrera”.
Su álbum de 1980, 9 to 5 and Odd Jobs, da voz a una clase trabajadora racial y regionalmente diversa, incluyendo un cover de la canción de protesta de Woody Guthrie Deportee sobre un accidente aéreo que mató a 28 trabajadores agrícolas mexicanos deportados. Cuando le preguntaron sobre Black Lives Matter en 2020, fue clara: “Por supuesto que las vidas afro importan. ¿Creen que nuestros culitos blancos son los únicos que importan?”.
Dolly navegó la sociedad jerarquizada que resurgió después de los 70 con una práctica política donde la identidad de clase se arraigaba en el orgullo, no en el resentimiento donde la identidad sureña hacía espacio para todos, donde la fe cristiana amaba sin juzgar. En el espejo de la política actual, parece ingenuo. La identidad de clase trabajadora ha sido capturada por el nacionalismo blanco. Los puentes que construyó el siglo XX han sido reemplazados por muros.
La noticia de su muerte me dejó solo con esa reflexión. En Paraguay, nunca desarrollamos instituciones que integraran a los trabajadores en una sociedad democrática; nuestras culturas de solidaridad obrera han sido brutal y sistemáticamente reprimidas. La política paraguaya moviliza el nacionalismo para defender un orden social desigual. La democracia vino solo en los 90, cuando el neoliberalismo ya le restó su potencial de nivelar desigualdades. Ahora, nuestra economía crece más rápido que nunca, pero la injusticia genera una sociedad de creciente resentimiento, donde nos enseña que debemos elegir entre el orgullo y la solidaridad.
Pero el duelo no es el final. La vida de Dolly recuerda que el siglo XX que obtuvimos no fue el único posible. La trayectoria que representaba fue abortada no inevitablemente, sino por decisiones políticas. No podemos revivirle a Dolly. Pero podemos reconstruir el mundo que representaba. Podemos construir las instituciones que nunca tuvimos. Podemos resucitar una herencia cultural inclusiva que pertenece a cualquiera que la reclame. Y podemos negarnos a creer que nuestro abrigo debe ser tejido con un solo hilo. El de Dolly estaba hecho de retazos de muchos colores. Así también puede ser el nuestro.
Esta noticia fue desarrollada por los Profesionales del Grupo Diario Paraguayo gracias a la noticia original creada por nuestros amigos del Diario UltimaHora.
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