Martes, 05 de Mayo de 2026
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Drama que exige respuestas

05/05/2026 07:01 4 min lectura 38 vistas

Salta la alarma y los estamentos correspondientes activan los protocolos. Hay temor, hay expectativas y se desdibuja el panorama de la relativa tranquilidad que vive la comunidad educativa.

La sociedad se vuelca a los análisis correspondientes, se buscan culpables, chivos expiatorios y todo deriva en pocos resultados para la prevención.

Los últimos retos virtuales en torno a amenazas en los centros educativos, donde niños, niñas y adolescentes convergen con el fin de avanzar en el estudio y los conocimientos, ponen de manifiesto la fragmentada rutina y la enfermedad social que avanza como padecimiento de un mundo deteriorado.

No es solo en Paraguay; pasa en todo el planeta y responde a un sistema que agobia cada vez con más fuerza, a un tramado en el que lo menos importante es el acompañamiento en la evolución de la niñez hacia las próximas etapas, en una visión resquebrajada sobre la trascendencia de la comunidad para contener a los más pequeños frente al bombardeo de información y hasta de amenazas.

Advertencias plasmadas en paredes de sanitarios, expectativas de hipotéticos tiroteos y señales que infunden temor en el ecosistema educativo obligan a la reflexión indefectible en torno a la seguridad en que deben desenvolverse las actividades propias del proceso de enseñanza-aprendizaje.

La escuela y el colegio forman parte del biorritmo social y no están exentos de los embates de aquellas fuerzas invisibles que buscan sometimiento y distorsión respecto de lo que se busca como bien común.

Al viajar hacia las causas primeras que motivan conductas destructivas y pensamiento de daño desde la mente de un niño o adolescente –ya muy internalizadas en ámbitos como el norteamericano, donde las armas son una extensión casi natural del organismo humano–, asistimos a las atávicas culpas sobre ese laberinto de la soledad y la atomización que sufre la franja etaria más vulnerable, al enfrentarse a un mundo casi ya desquiciado.

Descubrir el mundo. Desde las ópticas más o menos experimentadas, se suele echar leña a la despreocupación del adolescente por encauzar sus experiencias hacia propósitos más constructivos; se habla de desorientación absoluta y poco interés en buscar soluciones.

En esa etapa de la vida solo abundan el torbellino de la energía, de las ansias de descubrir y abrirse al mundo, de experimentar.

El mundo adulto, abatido por los problemas de bolsillo y la alienación, navega como puede para llegar a fin de mes, trata de sostener la trama y la mayoría de las veces levanta la bandera de la rendición, agobiado por el sistema.

Esto es caldo de cultivo para la aparición de fenómenos posmodernos de violencia extrema, con escaladas que ya se visualizaban en anteriores épocas, pero que cobra más vigor con la desprotección casi absoluta de la niñez y adolescencia.

Educación liberadora. El Estado intenta poco y nada por contener el diluvio de atrocidades cotidianas que sufren niños y niñas, sometidos y abusados por su mismo entorno.

Una mano amiga, palabras de afecto y orientación adecuada son extrañezas y hasta lujos en medio del caos y de acusaciones mutuas, escenario crispado que envuelve con fuerza a quienes deberían recibir educación liberadora, para formar criterios personales y saber desenvolverse en la vida.

Las prioridades entre los tomadores de decisión y de la gente, en general, pasan muy lejos de esta problemática.

No se atacan las causas y todo continúa como si el drama escolar no fuera punto neurálgico que determinará la estructura social del futuro inmediato y de las próximas generaciones.

Es inexistente algún golpe de timón y la amenaza queda latente, no solo plasmada en una pared del baño escolar, sino en el imaginario colectivo, todavía sin capacidad de reacción.

Esta noticia fue desarrollada por los Profesionales del Grupo Diario Paraguayo gracias a la noticia original creada por nuestros amigos del Diario UltimaHora.

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