Jueves, 07 de Mayo de 2026

Jerusalén: entre el eco de un incidente y la verdad de la convivencia

07/05/2026 04:01 6 min lectura 43 vistas
Jerusalén: entre el eco de un incidente y la verdad de la convivencia

Un hecho grave sacudió Jerusalén: la agresión a una monja en Monte Sion, un área de altísima sensibilidad religiosa donde conviven símbolos centrales del cristianismo y del judaísmo.

  • Por Nicole Mischel Morely
  • Corresponsal del Grupo Nación en Israel

Jerusalén no es solo un punto en el mapa. Es el epicentro espiri­tual donde convergen las tres grandes religiones monoteís­tas. Es una ciudad donde la fe define, pero también donde la historia pesa y donde la con­vivencia, aunque imperfecta, existe.

En los últimos días, un hecho grave sacudió esa delicada realidad: la agresión a una monja en Monte Sion, un área de altísima sensibilidad reli­giosa donde conviven símbo­los centrales del cristianismo y del judaísmo. El hecho es con­denable. No admite matices.

Pero lo que ocurrió después merece una mirada aún más rigurosa. En cuestión de horas, el incidente fue ampli­ficado y convertido en narra­tiva global. Un acto indivi­dual pasó a ser interpretado como reflejo de una supuesta intolerancia estructural. La generalización fue inme­diata. Y con ella, el riesgo de distorsionar la realidad.

Porque el problema no es solo el hecho. Es el uso que se hace de él. Reducir Jerusa­lén a ese episodio es descono­cer su esencia. Pero utilizarlo como combustible para dis­cursos que derivan en antise­mitismo no solo simplifica la realidad: la degrada.

En Jerusalén, como en cual­quier sociedad, hay personas buenas y malas. Judíos, cris­tianos y musulmanes com­parten esa misma condición humana. Generalizar no construye verdad. Construye prejuicio. Por eso, en lugar de quedarme en el ruido, decidí caminar el barrio cristiano de la Ciudad Vieja. Buscar respuestas donde no llegan los titulares.

Carta y Flor del vicealcalde de Jerusalén a la monja agredida la semana pasada.FOTO: GENTILEZA

VOCES

Allí, en pleno corazón de ese entramado histórico y espi­ritual, se encuentra el cole­gio Nuestra Señora del Pilar, conocido como “el colegio español”. Fundado en 1923, este espacio educativo, ges­tionado por las Misioneras Hijas del Calvario, mantiene como base de su enseñanza una visión profundamente humanista: educar desde el respeto, la dignidad y la con­vivencia.

Niñas palestinas, cristianas y musulmanas, comparten aulas, idiomas árabe, hebreo, inglés y español, y una expe­riencia cotidiana que desafía las narrativas simplificadas. Fue allí donde encontré una de las voces más claras para entender Jerusalén: la her­mana Mayela.

Mexicana, con más de dos décadas en la ciudad, fue maestra en este colegio y forma parte de una congrega­ción cuya esencia es profun­damente simbólica: acompa­ñar, en oración, las tres horas de agonía de Jesucristo junto al Santo Sepulcro.

“Yo me he sentido a gusto en Tierra Santa”, me dice. Su testimonio no es ingenuo. Es vivido. Recuerda cómo, durante años, los fines de semana recorrían Israel, y cómo esos recorridos se con­virtieron en una de las expe­riencias más maravillosas de su vida: descubrir el país en su diversidad, en su complejidad y en su humanidad cotidiana.

También recuerda cómo las niñas palestinas cantaban como andaluzas “La violetera”, como Sara Montiel, reflejo de una educación donde la cul­tura española se integraba con naturalidad. “Las niñas árabes son muy inteligentes”, afirma. Pero lo más revelador no está en la anécdota, sino en la estructura.

En el colegio, las herma­nas enseñaban religión a las niñas católicas, mientras una maestra musulmana impar­tía clases de islam a las alum­nas musulmanas. Y en las clases generales, la religión no se utilizaba como punto de conflicto. “Como decía la Madre Irene: el respeto es lo primero”. Esa frase resume más sobre Jerusalén que muchos análisis geopolíticos.

Para la hermana Mayela, Tierra Santa es única. “Es donde Jesús nació, vivió y dio la vida por nosotros”. Y añade algo íntimo: su sueño, desde México, siem­pre fue vivir y morir en Jerusa­lén. No niega la realidad.

“Tierra Santa es tierra de conflictos, como en todas partes. Pero nuestro cristia­nismo nos alimenta desde la vivencia, desde el recordar y renovar”. Su mirada sostiene una verdad incómoda para muchos: la convivencia no es perfecta, pero es real.

En medio del ruido mediá­tico, también hay gestos que importan. El vicealcalde de Jerusalén, Adir Schwarz, envió una flor y una carta a la monja agredida. Un acto discreto, sin consignas. Pero profundamente sig­nificativo.

No cambia el hecho. Pero sí marca el contexto. Jeru­salén vive en una dualidad constante: tensiones reales y convivencia cotidiana. Es una ciudad donde la espiri­tualidad convive con la fric­ción humana.

AMBAS DIMENSIONES

Ignorar el incidente sería irresponsable. Convertirlo en categoría general, des­honesto. Por eso, el desafío periodístico y humano, es sostener ambas dimensio­nes: denunciar sin distorsio­nar, analizar sin simplificar. Vuelvo al colegio Nuestra Señora del Pilar. A sus pasi­llos donde niñas de distin­tas religiones crecen juntas. A ese espacio donde la con­vivencia no se proclama, se aprende.

Hoy, el centro está coordi­nado por la hermana Hed­win, una religiosa originaria de Zimbabue que habla espa­ñol, reflejo vivo de la dimen­sión global y multicultural que define tanto a Jerusalén como a esta institución.

Allí, lejos del ruido, Jerusa­lén revela su verdad más pro­funda. Una verdad que no cabe en titulares. Porque en esta ciudad milenaria, incluso un gesto aislado puede conver­tirse en símbolo global.

Pero el verdadero desafío es no confundir el eco del incidente con la esencia de Jerusalén.

Etiquetas: #Jerusalén#agresión a una monja en Monte Sion

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