La corrección fraterna: un acto de amor y misericordia en la comunidad
El Evangelio de este domingo presenta tres enseñanzas clave sobre la vida de la Iglesia
Tres enseñanzas para la vida de la Iglesia
El Evangelio de este domingo presenta tres dichos de Jesús que regulan aspectos importantes para la vida futura de la Iglesia: la corrección fraterna entre los fieles, el poder de atar y desatar otorgado a los apóstoles y sus sucesores, y la eficacia de la oración en común.
La corrección fraterna como expresión del amor
El mensaje de Jesús no hace impecables a los hombres, pero sí les pide amarse unos a otros a pesar de sus defectos y errores. Una manifestación clara de este amor es la mutua ayuda por medio del perdón y de la corrección. Con esta enseñanza, Jesús invita a cada persona a vivir como un juez misericordioso que trata con comprensión a quien le ha agraviado o comete errores.
La práctica de la corrección fraterna constituye una prueba de amor sobrenatural y de confianza. Representa un verdadero acto de nobleza y amistad, evitando además la amargura del corazón que lleva a la ira, el resentimiento, los insultos y la agresión. La corrección fraterna, cuando se realiza con intención sincera, busca la enmienda y el bienestar del hermano, no causar daño.
El poder de atar y desatar: reconciliación con Dios y la Iglesia
Respecto al segundo dicho de Jesús, las palabras atar y desatar significan: aquel a quien se excluya de la comunión será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien se reciba de nuevo en la comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios.
Después de hablar de la reconciliación entre hermanos, Jesús entrega a sus apóstoles la potestad de reconciliar a los fieles con la Iglesia. Este poder se expresa ordinariamente por medio de la confesión de los pecados a través del confesor, que ha recibido esta autoridad del obispo, sucesor de los apóstoles.
La oración en común: presencia de Dios en la comunidad
Finalmente, Jesús se refiere a otro fruto de la caridad en la comunidad: la oración en común. Aunque la oración personal es ciertamente importante e indispensable, el Señor asegura su presencia especial a la comunidad que, incluso siendo pequeña, es unida y unánime, porque refleja la realidad misma de Dios uno y trino, perfecta comunión de amor.
Cuando se ora juntos, no solo se mueve a Dios a conceder lo que se pide, sino que además se recibe el regalo de la presencia del mismo Dios entre nosotros, que es el principal don que se puede y debe pedir.
La presencia de Cristo en la Iglesia
Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, tanto en la persona del ministro como bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee la Sagrada Escritura en la Iglesia, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, cumpliendo la promesa: donde dos o tres estén reunidos en su nombre, allí está Él en medio de ellos.
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