Los milagros que llaman a la conversión
La invitación de Jesús a transformar nuestras vidas a través de la fe
El llamado a la conversión genuina
"Los milagros que se han obrado en ti". Los milagros que Dios realiza en nuestra vida nos invitan a una verdadera y completa conversión.
En el Evangelio, las palabras de Jesús cobran particular intensidad al dirigirse a los habitantes de los lugares donde dedicó mayor tiempo de su ministerio. Betsaida era la patria de Felipe, Andrés y Pedro, ciudades donde se cumplieron numerosos milagros y donde se escucharon palabras de vida eterna.
Sin embargo, las palabras más contundentes del Señor están dirigidas a Cafarnaún, la ciudad que fue su hogar durante gran parte de su vida pública. Estas ciudades, amadas por Jesús y que tuvieron la gracia de presenciar su misión redentora, no lograban creer plenamente ni se habían convertido de manera completa.
El mensaje del juicio y la esperanza
Jesús anuncia que si no se convierten enfrentarán un destino más severo que el de ciudades paganas como Tiro, Sidón y Sodoma, respecto de las cuales el Antiguo Testamento profetiza castigos terribles.
Betsaida y Cafarnaún se presentan como imagen de nuestra propia existencia: comunidades pequeñas que Dios visita y donde busca hacer su morada. Sin embargo, para recibir a Jesús no basta ser visitados; tenemos que acoger y dejarnos cambiar por su presencia.
De la contemplación a la acción
En aquella época, como en la actualidad, no es suficiente contemplar las maravillas cumplidas por Dios en el mundo y en nuestras vidas. Es necesario ponerse en camino para vivir la nueva vida que ofrece Jesús y hacer del Evangelio nuestra guía de existencia.
San Josemaría recordaba que si esto parece difícil, "la bondad de Dios nos quiere hacer fácil el camino. No rechacemos la invitación de Jesús, no le digamos que no, no nos hagamos sordos a su llamada: porque no existen excusas, no tenemos motivo para continuar pensando que no podemos".
La meta final
Cuando llegue el juicio anunciado explícitamente por Jesús, aspiramos a que el Señor nos diga: "Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: Entra en la alegría de tu señor" (Mt 25,21).
"Para recibir a Jesús, tenemos que acoger y dejarnos cambiar por su presencia".
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