Domingo, 26 de Julio de 2026
Política

Masoquista

26/07/2026 13:00 3 min lectura 75 vistas

En general, el ciudadano que puede votar libremente lo hace a favor del candidato que cree que tomará decisiones que mejorarán sus condiciones de vida (la del elector, no la del elegido), o lo hace en contra de aquel que cree que lo perjudicará o que ya lo perjudicó si su grupo sigue o llega al poder. También están aquellos que tienen verdadera convicción ideológica y que votan de acuerdo con la posición del candidato y su sector político.

Recordemos lo básico. Usualmente, están más a la derecha quienes pregonan un Estado más pequeño, menos impuestos, mayor libertad económica, libre comercio, respeto irrestricto a la propiedad privada y a las libertades públicas. Se encuentran más a la izquierda quienes plantean una mayor cobertura social, un Estado fuerte y regulador y mayores controles sobre el capital.

Por supuesto, el comunismo clásico propone directamente la propiedad colectiva sobre los medios de producción (no sobre los bienes) y una eventual desaparición del aparato del Estado. Curiosamente, los libertarios también sueñan con una gradual extinción del Estado junto con la mayoría de los servicios públicos, dejando prácticamente todos ellos en manos de los privados que –según declaman– alcanzarán niveles óptimos de producción a precios razonables gracias a la libre competencia.

Como resulta obvio, en Paraguay es muy difícil hablar de izquierda o derecha porque lo que existe es un batiburrillo de todas estas propuestas. El Partido Colorado, con tres cuartos de siglo en el poder, no puede considerarse tan alegremente de derecha cuando ha convertido al Estado en el mayor empleador del mercado. Cualquier discurso sobre eliminar cargos públicos pondría en jaque a su legión de operadores colgados de la nómina del Estado. Tampoco puede considerarse impulsor de la libre competencia cuando, entre otras cosas, ha mantenido de facto el monopolio del mercado eléctrico y sostiene empresas públicas con funciones propias del capitalismo privado, como una cementera, una telefónica quebrada y hasta una compañía –también en quiebra– que embotella y vende aguardiente. Ni hablar de los subsidios. Incluso la administración tecnocrática actual los incrementó de manera notable ampliando el número de beneficiarios de las subvenciones para familias de escasos recursos y adultos mayores, desbarrancando el presupuesto.

En contrapartida, organizaciones de la oposición como el Partido Liberal han sostenido delirantes campañas electorales con propuestas claramente de izquierda, como un subsidio masivo de las tarifas eléctricas.

En Paraguay, por lo tanto, no puede haber un electorado que vote por convicción ideológica porque no hay una diferencia doctrinal entre los principales partidos. De hecho, una izquierda tradicional que plantee estatizar empresas o expropiaciones masivas no existe. Teóricamente, el elector debería votar exclusivamente de acuerdo con aquello que considere más conveniente para sus intereses. El beneficiario del modelo clientelista votará lógicamente por mantener el régimen. El problema se suscita con quien solo se ve perjudicado, pero por alguna razón prefiere evitar cualquier cambio. Y en ningún otro escenario eso resulta tan evidente como en las elecciones municipales. Allí no hay ideología ni doctrina que valga cuando las calles están destrozadas, la basura se acumula y las plazas se llenan de malezas y “chespis”. Ese votante que ejerce su derecho y lo hace en contra de sus propios intereses, obviamente, no es de izquierda ni de derecha. Probablemente, solo sea masoquista.

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