Domingo, 16 de Agosto de 2026
Internacionales

Oremos

16/08/2026 13:01 4 min lectura 67 vistas

Se suponía que queríamos convencer a los que despreciaban el “pensamiento occidental y cristiano”, para que se adhirieran a él. Al nuestro. Porque éramos más tolerantes y piadosos. Que somos la luz en medio de las tinieblas. Tanto, como por el peso de la virtud que intentamos desde el principio. Eso creíamos.

Hasta que en estos últimos tiempos, afrontamos contradicciones que no previmos. Como cuando la conducta que proclamamos no coincide con lo que finalmente admitimos.

La situación es generada –sin duda alguna– por la democracia malforme instaurada en casi todo el universo. La que ha terminado por igualarnos a lo que habíamos combatido en el pasado. Tanto nos hemos afanado en instaurar el bien sin combatir debidamente el mal, que terminamos constituyéndonos en una sociedad mediocre, elástica y relajada, que nos ha dejado en destinos desiertos de virtud.

En lo que la realidad trastoca lo que proclamamos en los documentos y lo que enseñamos en nuestras escuelas; para dejar nuestro destino en manos de líderes ignorantes, soberbios, despectivos hacia todo lo que signifique respeto, tolerancia; sentido de la justicia o de la compasión. Moralmente incompetentes.

Son los Trump y sus “Apóstoles” que vienen marchando. En ellos se reencarnan las nuevas hordas de la barbarie buscando las espaldas en las que descargar el renacido menosprecio hacia los opuestos a sus designios. Y por lo que cualquier colectivo nacional debe ser castigado –con aranceles o bombardeos– según la condena que determinen.

Por todo lo cual nos enfrentamos a un dilema: ¿Cómo orientaremos ahora la moral, la educación y la visión del orgullo occidental y cristiano, cuando los paradigmas que nos guiaban, terminaran arrojados entre los trastos viejos e inservibles de la humanidad? Si desde los remotos orígenes, “los malos” se manifestaban irreductiblemente hostiles hacia cualquiera de pensamiento diferente declarándolos infieles o enemigos de Alá para negarles el derecho a la vida, ahora nos adherimos al método. Al proclamado por Milei, Trump o cualquier fanático “influencer”.

¿No buscábamos acaso desde las concepciones cristianas de la vida que nunca fuimos ni seremos iguales, pero que las diferencias pulidas con educación y sus virtudes, nos abrirían las puertas a la convivencia?

Esas voces hostiles que ahora se escuchan más nítidas, provienen desde las mismas alturas del poder mundial, tienen y tendrán un efecto devastador cuando resuenen allá abajo, en el pueblo llano; donde la gravedad de sus acentos se multiplicarán en consecuencias que harán aún más difícil la vida de los que ya no tienen nada. De los que solo tienen la violencia como oxígeno para la sobrevivencia.

Porque las expresiones que se escuchan últimamente cada vez más nítidas, no son pensamientos de gobierno. No son ideologías políticas. Se trata simplemente de lo que sentencie un poderoso, o alguno de su grey. Cualquiera que tenga una concepción diferente de Dios o de la vida; y, representa sin ninguna duda, un menosprecio absoluto hacia la historia como al futuro de la humanidad.

¿Qué puede llegar a suceder con la humanidad cuando millones de desplazados que ya no tenían dónde vivir, criar a sus familias, alimentarlos y educarlos, vean ahora que no tienen sino seguir las voces que les llegan desde las alturas?

Jeremy Rifkin, sociólogo, economista, escritor, orador estadounidense, lo había predicho ya a principios de este siglo: que el fin del mundo no será lo que siempre imaginamos. La consecuencia de algún cataclismo nuclear o de un poderoso desborde de la naturaleza. Sucederá cuando la mayoritaria población que sobrevive apenas, salga a las calles a reclamar a los que tienen, por las desventuras que ellos padecen… Palabras más… palabras menos.

Pretender el ejercicio de sentimientos como piedad, compasión, respeto, tolerancia… ya no tienen sentido en un mundo de hoy donde las voces de los líderes, vociferan consignas que parecen resonar desde la antigüedad más remota, reclamando castigos de inaudita crueldad para quienes no se adhieran a ellas.

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