Domingo, 27 de Septiembre de 2026
Política

Paraguay y sus relaciones con Brasil (III y final)

27/09/2026 13:01 4 min lectura 96 vistas

En el análisis de algunos historiadores brasileños, referentes oficiosos u oficiales de la política exterior brasileña, no tienen cabida las consideraciones morales o éticas con las que juzgan y descalifican a otros estados y personajes. No reconocen por ejemplo que: "...los bandeirantes invaden territorios de la corona española” -como afirman todos-; ni mencionan que las brutalidades y tropelías de estos bandidos, motivaron el éxodo de las poblaciones indígena/jesuíticas de la provincia del Paraguay de mediados del siglo XVII. Sus historiadores sentencian por ejemplo, que: "...los bandeirantes van descubriendo territorios...” Esas son sus verdades. No hay otras ….

Pero los países desfavorecidos de linaje, sufren la condición de muchas maneras. Ninguna reivindicación les liberará de sus padecimientos. Ninguna comprensión será posible en tanto sus intereses colisionen con los de las naciones “líderes"; o pretendan resistirse a sus designios .... Más allá de los campos de batalla y especialmente en la penumbra de sus gabinetes -verdaderos laboratorios de trampas y maldades- se tramitan las verdades convenientes para el imperio, al mismo tiempo de diluir o minimizar, todo intento de resistencia del ocasional socio, aliado o “país hermano”.

Con este mismo medio ambiente socio-cultural, político y diplomático, se firmó el tratado de Itaipú, haciendo que los propios paraguayos se desgañitaran sobre sus ventajas. ¿Recuerdan la famosa frase del Ing. Enzo Debernardi argumentando: “El Paraguay no pone nada”?

Y sobre el acuerdo de límites firmado con el Brasil, en 1872 cuando el Barón de Cotegipe ordenaba al Presidente Salvador Jovellanos: “Traigan sus documentos!”, sabiendo perfectamente que nos lo habían robado tras la batalla de Piribebuy el 12 de agosto de 1869! Los tales límites -dicho sea de paso- fueron el simple “copi-page”, de lo que ya habían resuelto en el Tratado Secreto de 1865.

Pero en el Paraguay nunca llegamos a plantearnos siquiera el siguiente hecho: ¿Qué valor podrían tener tal acuerdo y los límites consecuentes, cuando fueron trazados con representantes del país que ocupaba nuestro territorio y nombrado a nuestras autoridades? Este tratado no debería tener -NO TIENE- ningún valor jurídico. Una diplomacia avezada y patriota podía anularlo fácilmente ... pero fue legitimado por el espíritu de derrota y la inercia entreguista que siguió a la guerra del ’70.

Las relaciones de cualquier estado con un Imperio, no son de iguales. Así fue la historia de las relaciones entre Brasil y el Paraguay. Y es posible que tal criterio haya presidido la visión de todos los gobiernos brasileños y sus respectivas cancillerías, en tiempos de dictaduras militares como de militantes democráticos. Omitiéndose TODOS ELLOS, a la revisión de cualquier acuerdo sobre el que el Brasil haya radicado una supremacía ilegítima. Como fue el de Itaipú.

“Los Tratados no se tocan”, afirmaba Lula rotundo, como si fuera un redivivo Emperador de antiguos imperios.

Muy por el contrario, sin embargo, el Mercosur incorporó entre sus condiciones de pertenencia y permanencia en el grupo, la inexcusable condición de “país democrático” para sus miembros. Por lo que debería entenderse por simple asociación y asumiendo la sinceridad del propósito, que cualquier hecho no democrático debiera ser revisado. Y sometido a procedimientos democráticos.

Sin embargo, los tratados suscritos por Dictaduras militares, gobiernos autoritarios, cruelmente represivos, ajenos a todo interés humano hacia los pueblos que sufrían sus imposiciones y designios, lejos de los representantes del pueblo o de las contralorías ciudadanas, no sólo deben ser tocados y revisados sino anulados y si fuera posible, incinerados en una plaza pública. Si es que -de verdad- nos asiste una genuina convicción democrática.

No existen naciones hermanas. No al menos entre un imperio y los otros. Los que creen -o se aferran- a la hermandad, son las naciones desfavorecidas. Los demás no la necesitan. Pero debería admitirse que el destino de la humanidad está indisolublemente ligado al de todos los pueblos. Aun de los más pequeños y aparentemente, desvalidos.

Así como ninguna nación será completamente libre ni próspera sin la libertad y la prosperidad del resto. Especialmente de las más próximas a sus fronteras.

Ninguna presumida “potencia”, será completamente autónoma ni autosuficiente como para prescindir del resto. En el mundo de hoy, ningún pueblo puede ser considerado descartable; y ninguna potencia estará a salvo de las nefastas secuelas que generan su soberbia, sus vicios, errores u omisiones.

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