Viernes, 03 de Julio de 2026
Política

Remover y eliminar: De Jackson a Trump

03/07/2026 07:02 4 min lectura 25 vistas

En 1830, EEUU llevó a cabo su primera limpieza étnica sostenida jurídicamente. Aquel año el Congreso aprobó la Ley de Remoción Indígena, por lo que entre 80 mil y 100 mil personas, a base de mentiras, fueron despojadas de sus tierras ancestrales entre los montes Apalaches y el Mississippi, y trasladadas más al oeste, en unas marchas llenas de enfermedades y muerte costeadas por el Gobierno: El intercambio “justo” que les dieron los “blancos”. Era eso o la ilegalidad en territorio oficialmente estadounidense, es decir, la misma muerte.

Escribe el historiador Howard Zinn, en La otra historia de los Estados Unidos:

“Se despejó para sembrar algodón en el Sur y grano en el Norte, para la expansión, la inmigración, los canales, los ferrocarriles, las nuevas ciudades y para la construcción de un inmenso imperio continental que se extendería hasta el Océano Pacífico. El coste en vidas humanas no puede calcularse con exactitud, y en sufrimientos, ni siquiera de forma aproximada. La mayoría de los libros de historia que se dan a los niños pasan de puntillas sobre esta época”.

El tipo de vida agrario de la mayor parte de la población blanca norteamericana demandaba más tierra cultivable y pastable, generación tras generación. En el Sur plantador y esclavista, sobre todo. Esto significaba, por supuesto, presionar sobre las tierras indígenas. Por ello, durante las Guerras de Independencia, los indios estuvieron en su gran mayoría del lado de los británicos, pues la Corona había comenzado poco antes de 1776 a delimitar los dominios indígenas, o sea, a protegerlos de la constante presión de los colonos sedientos de más tierras.

El presidente estadounidense de la era de la Ley fue Andrew Jackson, el ex gobernador de la Florida, territorio que ayudó a despoblar de autóctonos a base de violencia antes de comprarlo a España a precio de ganga. Todo un personaje trumpiano de la primera mitad del siglo XIX estadounidense fue Jackson. Zinn lo resume así: “Si repasamos los libros de texto de la historia americana en los institutos y en las escuelas primarias, encontraremos al Jackson soldado fronterizo, demócrata y hombre del pueblo —no al Jackson negrero, especulador inmobiliario, ejecutor de soldados disidentes y exterminador de indios”.

Lo primero que hizo Donald Trump al llegar al Salón Oval en 2017 fue colgar un retrato de Jackson. Ambos se parecen, sobre todo, en el racismo y la hostilidad a las leyes liberales y sus instituciones, de las que se enorgullecen los EEUU. Jackson incumplió aviesamente las promesas a los indígenas norteamericanos, tanto como incumplió las sentencias de la Corte Suprema relativas a los derechos territoriales de aquellos.

La administración Trump se las ha diligenciado para, al menos, desoír visiblemente sentencias de la Corte relativas a inmigrantes, como en el caso de Kilmar Abrego García, un ciudadano que fue deportado por error al Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) en El Salvador. La Corte Suprema de los Estados Unidos ordenó explícitamente a la administración en abril de 2025 que “facilitara” su retorno y rindiera cuentas de los pasos tomados. La administración, por supuesto, no solo no facilitó la vuelta de Abrego García, sino se negó a compartir información acerca del deportado por “error” suyo. La AFP informó además que jueces de tribunales de distrito determinaron que la administración Trump violó órdenes judiciales directas en al menos 31 demandas colectivas.

El de Trump es un Gobierno a la Jackson: Racista, clasista, gansteril, especulador, guerrerista y exterminador.

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