Supremacía, esa ilusión antropológica
Así, la división del mundo debe contemplar a quienes ostentan sangre y linaje exclusivos y de alcurnia frente al resto que permanece como convidado de piedra en el devenir internacional.
La derecha, y más la ultraderecha, instala esta lógica desvariada para plasmar en discursos de odio el supuesto destino manifiesto para ciertas razas, que ya fueron elegidas de antemano, para comandar el presente y futuro de generaciones donde, infelizmente para ellos, también conviven personas de otro color de piel, pensamiento distinto y un abanico casi incontable de variedades en su ideología.
Los llamados supremacistas raciales se ubican en el espectro del ario, del rubio de tez blanca y ojos claros, y se sienten atraídos por la fuerza bruta y las imprecaciones hacia el otro para imponer su hegemonía, su idiosincrasia y su modo de observar el mundo.
La oleada de visiones que echan culpas a los inmigrantes, aquellos “marrones” que llegan a las grandes urbes cosmopolitas del denominado mundo desarrollado, expulsados por crisis y deterioro en sus países de origen, o bien las férreas políticas de redadas masivas para expulsar a extranjeros indocumentados de territorios colmatados por migración sostenida; hablan por sí solas de la intolerancia y de problemáticas posmodernas que se acentúan con el tiempo.
El furgón de cola de este fenómeno, que siempre se instala en naciones menos privilegiadas, como las de América Latina, por ejemplo, está dado por quienes también se sienten superiores en raza, color, pensamiento y acciones frente a la gente que ostenta más perfiles originarios o derivados de un mestizaje que pinta grandes franjas poblacionales en esta región.
Producto de esa ilusión óptica, en que reviven líneas nefastas de racismo y xenofobia propios del fascismo del viejo continente a inicios del siglo XX, plasmados en el germano nazi o el seguidor de Mussolini, se acopla al devenir actual con más fuerza esa idea de que solamente todo lo europeo es señal de progreso y superioridad; frente a lo cual el sello de los pueblos originarios y su ámbito de influencia quedan relegados como el triste resto del mundo.
Casos hay de a miles; brindemos algunos: Carteles en vía pública aparecidos en estos días en Ciudad del Este, que mostraban al ex presidente brasileño Jair Bolsonaro humillando a una persona vestida con la camiseta Albirroja; el menosprecio a la voz del pueblo boliviano, que mantiene una puja de grandes magnitudes con la cúpula del poder en la nación vecina, mediante extensas manifestaciones en busca de una mejor calidad de vida; el reciente concierto del argentino Milo J en un show ultraconocido de Estados Unidos, y su estética que –supuestamente– no refleja la argentinidad.
Estas grageas se unen a otros incontables ejemplos, donde la óptica se centra en las apariencias y en un modelo que enfatiza los rasgos físicos para potenciar desigualdades, siempre fijando la vista en iconos de belleza o de perfiles fuertes, generalmente patriarcales y que pretenden imponer respeto mediante la brutalidad y con cero raciocinio.
La preocupante ola de racismo y desprecio por lo distinto se impregna en casi todos los ámbitos; permea culturas y ya resulta pan de cada día, bajo el imperio iluso de cierta predestinación en que, si uno nació “marrón” llevará las de perder en su lucha cotidiana, frente a un entorno que se cree ario y que brinda desdén hacia lo que no le sienta similar.
Estas circunstancias nos recuerdan a la obra Civilización y barbarie, de Domingo Faustino Sarmiento, para quien el primer término traducía todo lo europeo y el segundo plasmaba la vida de los pueblos originarios en la Argentina del siglo XIX. Hay una realidad fragmentada que intentan instalar pensamientos xenófobos, y a esas mentes hay que invitarles a que estudien más la historia y los fenómenos antropológicos, que dan cuenta de otras dimensiones, ajenas a su lógica.
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