Virgen de los Dolores
Reflexión sobre el significado espiritual de María en la fe cristiana
"Aquí tienes a tu madre". "Hay quien habla de tus siete dolores. ¿Qué saben ellos? Eres todo el dolor, la suprema amargura, eres el Amor que sabe compartir, compadecer y callar".
En numerosas ocasiones hemos contemplado, ya sea en representaciones artísticas o en nuestra imaginación, la escena evangélica: Jesús en la Cruz y, a sus pies, su Madre, las santas mujeres y el discípulo amado. Existe un lugar para nosotros, que también somos discípulos amados, permaneciendo fieles al Maestro en su hora.
Jesús se dirige a su Madre llamándola "mujer", tal como lo hizo también en las bodas de Caná. Ella representa la Nueva Eva. La primera Eva fue igualmente designada como "mujer", pero, seducida por la serpiente, transgredió el mandato divino. Sin embargo, Dios prometió que la mujer se opondría a la serpiente, pues un descendiente de ella, Jesús, le aplastaría la cabeza.
Comenzó entonces una confrontación de la cual nos habla el libro del Apocalipsis:
"Y se llenó de ira el dragón contra la mujer, y se fue a hacer la guerra al resto de su descendencia, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús" (Apc 12,7), fundamentalmente, a los discípulos. No existe poder alguno capaz de vencer a un discípulo que permanece en pie, junto a la Madre de Jesús.
San Juan Pablo II recordaba a María como silenciosa peregrina hasta la "noche de la fe". ¿Cómo no aplicar a Ella las palabras de la Escritura: "Mirad y ved si hay dolor como mi dolor" (Lm 1, 12)? En el Gólgota, María experimenta la espada que atraviesa su alma, conforme fue anunciado por el anciano Simeón. En unión con la obra redentora del Hijo, se convierte en la Madre que da a luz a todo cristiano, a todo discípulo de Jesús.
Hoy podemos dirigirnos a nuestra Madre con las palabras que la liturgia le aplica, tomadas de la Escritura, cuando el pueblo exaltó a Judit por haber salvado a Israel del poder del enemigo babilónico:
"Tú eres la gloria de Jerusalén; tú, la alegría de Israel; tú, el orgullo de nuestra raza" (Jdt 15, 9). El amor hacia la Madre nos obtiene la gracia abundante para ser fieles a los mandatos de Cristo y nos libra de las asechanzas del enemigo.
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