¡Albañiles!
Llegaron con los soldados que fundaron la ciudad en 1537; o, se hicieron en el camino construyéndola palmo a palmo, casa a casa. Asumieron de ingenieros cuando fue necesario salvarla de los raudales; y de artistas cuando a falta de aquellos, se permitieron decorar la modestia de las casas de entonces. La materialización de “la Asunción” se debió a ellos. Y nadie los mencionó nunca.
Mi padre fue albañil ... y yo lo recuerdo siempre. Porque fue un hombre bueno, honesto y asumió su pobreza con dignidad. Con él supe de términos raros que me acompañarían toda la vida: andamio, aunque nunca tuve la habilidad de andar sobre ellos; machinal, latacho, rondana o alfajía. Conocí los nombres específicos de las partes de una construcción: cornisa, alféizar, mocheta, sardinel, mojinete. ... entre otras expresiones más usuales.
Vi cómo –en nuestra misma casa– él fabricaba las formas que adornarían los edificios de entonces, el extraño y simple proceso de preparar moldes en el que se “vaciaban” capiteles, bases, balaustres y figuras de todas los apariencias imaginables, para otorgar relieve a las fachadas. Observé la meticulosa preparación de los instrumentos y herramientas, también de doméstica fabricación, para los “salpicados”, los revoques de “imitación piedra”: rayados, peinados, con otras combinaciones diversas.
Como casi todos los hijos de los albañiles de antes, a temprana edad fui ayudante de mi padre. Antes que yo, mis dos hermanos también lo fueron. Era el modo que aprendiéramos “el oficio”. Una posibilidad de trabajo siempre abierta por si llegara el temido momento de abandonar los estudios. Un reflejo de subsistencia de los hogares pobres. También significaba un ahorro de mano de obra que, de cualquier manera, tenía que pagarse y siempre era mejor que el dinero retornara a la casa. Aquella actividad laboral eran nuestras “vacaciones escolares"; acarreando arena, ladrillos o piedra; excavando zanjas para cimientos mientras el suelo no fuera demasiado duro, o preparando distintos tipos de mezclas, según el uso que fueran a tener.
En tiempos de clases, la obligación era otra: llevarle la comida al trabajo. Una tarea con la que nos familiarizábamos desde muy pequeños, con cuatro o cinco años, acompañando a un hermano o hermana mayor. La “vianda” era simple, modesta, en forma y contenido. Un mantelito atado en sus extremos envolvía la pequeña olla del “caldo” ... puchero siempre. Como tapa, un plato con los zoquetes de la carne, la mandioca, mbeju o batata a veces; y ocasionalmente, alguna tortilla haciendo de “týra” o de complemento a la comida principal. Como también de “muelle” para los traqueteos del camino. Porque casi siempre las construcciones estaban lejos; en el centro o en los alrededores de la calle España, enclaves que por entonces, propiciaban la expansión de la ciudad: Las Mercedes, Barrio Jara, “Lida Rosa”….
Llegar hasta este lugar –por ejemplo– significaba caminar desde el costado de la cancha del Club Guaraní donde vivíamos, hasta el “Estado Mayor” en la avenida Mcal. López, donde subíamos al tranvía. Al bajar en la esquina con la calle Luna, hoy Venezuela, nos esperaba por ésta otra larga caminata hasta más allá de la calle España.
Ingresar a aquel desfiladero de árboles en la casi siesta de la silenciosa calle empedrada era para mi hermano José, de siete años y yo, de cinco, una experiencia tenebrosa. La construcción estaba en algún lugar impreciso, por donde hoy cruza la calle Sargento Gauto. Para llegar, nos metíamos entre las aberturas del matorral y pasábamos por donde se encontraba la engalanada “crucecita” de Lida Rosa, una niña que en el día de su Primera Comunión y camino de saludar a su abuelita, fue violada y asesinada.
Se decía que allí quedó tendida con su alba vestimenta de novia en miniatura, el “catecismo” y las correspondientes estampitas de “recuerdo del día feliz …” en sus manos, manchadas de sangre. Demás esta decir que, en su momento, la información ya nos había conmovido profundamente por lo que el paso de cualquier teju hovy agitando la maleza del borde del caminito, nos parecía el inminente ataque de algún monstruo diabólico; o, el alma en pena de Lida Rosa clamando por venganza.
Mi padre era “frentista” y como tal, realizó la decoración de los fachadas de muchas casas y edificios de Asunción. Recuerdo vagamente nombres y apellidos como los de Larán, Ginés, Méndez Paiva, Raimundo Rolón. Realizó el escudo en el “Cabildo”, las letras del Banco del Paraguay y más tarde, las del Banco Nacional de Fomento. Trabajó en la casa Díaz de Espada -ex Villa Lidia, residencia del Dr. Eusebio Ayala durante la Guerra del Chaco. Hizo las columnas “moriscas” del Club Centenario, la fachada frontal y las letras del Colegio Nacional de la Capital, la del Colegio de María Auxiliadora así como los ornamentos del Cine Victoria.
Desde los altos andamios de esta obra, cayó y murió un compañero de trabajo, Sixto Lugo, desconocida víctima de un vicio conocido: la inseguridad en las construcciones.
Mi padre realizó trabajos para otros constructores: Marchese, Buccini, Renna, Orsini, Tumino y para algunos arquitectos de la vieja guardia: Francisco Canesse y Américo Bergonzi, entre otros. Con éste profesional realizó la terminación de la Casa Antebi, 25 de Mayo y Constitución.
No puedo dejar de recordar el festín de los días de lluvia, cuando imposibilitado mi padre de ir a trabajar, la familia se juntaba alrededor de la mesa; o alguna otra actividad novedosa se hacía entre todos. Siempre en relación al arreglo de la siempre inconclusa casa. O fabricar planteras, aquel amasijo de alambre y cemento que también se constituían en un recurso de sobrevivencia cuando el trabajo escaseaba.
Muchas veces, el sábado -glorioso día del cobro- nos llenaba de gran ansiedad porque ver llegar a mi padre un poco después del mediodía, era anticipar el humor que reinaría en la casa durante toda la semana. Su semblante nos revelaba -desde lejos- si había cobrado el escuálido salario, o no.
Era la incertidumbre que gobernaba la vida de los albañiles de aquel tiempo, sin contratos ni leyes que protegieran al obrero. Sin nada más que la confianza -a la palabra del patrón, por supuesto- como arreglo de las “formas contractuales”. Porque sucedía frecuentemente, que llegado el sábado y la hora de pagar, el contratista, el propietario de la casa o el ingeniero, sencillamente... no aparecían.
Papá, al finalizar estos escritos sobre la Asunción de Antaño, te rindo este necesario y justo homenaje. Para vos, que recorriste la ciudad con tu valioso trabajo de albañil. Aunque no apareciera tu nombre en ningún texto o catálogo que recuerde a los sacrificados constructores de la ciudad. No importa... para mi, fuiste el mejor.
Homenaje a mi padre, José Rubiani, albañil (1902/1972). A 56 años de su fallecimiento.
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El aprendiz de brujo