El Leviatán ciego
Como muchos observadores, venimos siguiendo el tire y afloje de las instancias diplomáticas y militares, así como financieras e ideológicas de las últimas movidas geopolíticas, las cuales, lastimosamente, han desembocado también en acciones militares de gran envergadura y significado que ponen en riesgo la vida de miles de civiles, tanto los que están atrapados bajo la pesada carga de los regímenes totalitarios, así como los que sufrirán las represalias en las zonas occidentales, lo que les genera temor y angustia a millones.
La guerra es un Leviatán ciego y nos amenaza a todos los habitantes de la aldea global, no se trata solo de la crisis del petróleo o de las teocracias corrompidas, es quizás también el último pataleo de un Estado moderno occidental, concebido para garantizar la paz mediante el monopolio de la fuerza, pero que termina actuando con un sistema nervioso atrofiado y que carece hoy de la inteligencia necesaria para entender la realidad y actuar con la prudencia requerida.
De qué sirve tener poder si no tenemos dirección clara. La guerra se levanta como una bestia con poder destructor, similar a la descripción bíblica del Leviatán, pero sin una visión que le permita actuar con coherencia.
A la metáfora del Leviatán ciego que se descontrola en la guerra, hay que seguirle la pista incómoda hasta las críticas del filósofo Hobbes al individualismo extremo y sin valores absolutos que, en vez de proteger, destruye su propio mundo. Pero también tenemos que atrevernos a escuchar las críticas del sabio Benedicto XVI a las ideas de Hobbes, cuando explicaba que no se puede subordinar la fe a la política y reducir la religión a una herramienta del estado. La paulatina sumisión a los errores del racionalismo, subjetivismo, relativismo e individualismo extremos que intentan absolutizar su poder y usurpar el lugar de Dios y la ley natural, está llevando a un debilitamiento interno de nuestra civilización y la pone en riesgo.
Las convicciones más profundas sobre el valor intrínseco de la vida humana, cuya dignidad debe ser custodiada desde su inicio hasta su fin natural, así como el bien común, la justicia y la paz, no nacen por pura obediencia civil a leyes arbitrarias. Se han roto las tablas de la ley y se ha construido un ídolo en su reemplazo, se desprecia su espíritu, pero se pretende usar su letra para justificar cada quien su conducta.
Es tentador reducir las reflexiones del papa León en Camerún a simples nuevas respuestas a las provocaciones del presidente de EEUU, quien se saltó la valla diplomática y se metió en un lío innecesario con sus votantes católicos al atacar al Papa. Pero, si escuchamos con atención y en contexto al papa León, creo que todos los bandos tendrían que guardar un silencio reflexivo para discernir qué parte del necesario “cambio decisivo de rumbo” les toca gestionar a cada quien.
“Los amos de la guerra fingen no saber que solo se necesita un momento para destruir, pero a menudo una vida no es suficiente para reconstruir”, dijo el pontífice. Es contundente que si queremos la paz tenemos que apuntar a la justicia y esta no existe sin verdad y sin un horizonte de bien que valore la dimensión trascendente de toda persona.
Si cancelamos y asesinamos culturalmente a todo el que busca encender esa luz, no nos quejemos de la oscuridad. Si dejamos crecer al monstruo ciego de la autonomía moral absoluta, no evitaremos que crezca justificándose siempre y nos pise fuerte a todos. Pero recordemos también que un poco de luz verdadera es más potente que toda esa oscuridad y que incluso en estas horas dramáticas hay personas encendiendo nuevas llamas de esperanza.
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