El tejido roto y la urgencia de un pensamiento para nuestro tiempo (II)
La complejidad como disciplina del pensamiento: reflexiones sobre el legado intelectual de Edgar Morin
La complejidad como invitación al conocimiento profundo
Existen palabras que, a fuerza de repetirse, terminan perdiendo densidad. La palabra "complejidad" es una de ellas. Con frecuencia aparece asociada a la confusión, a la incertidumbre o a aquello que parece resistirse a toda explicación inmediata. Sin embargo, para Edgar Morin (8 de julio de 1921 – 26 de mayo de 2026), la complejidad jamás constituyó una forma de oscuridad intelectual. Representó una invitación a comprender más profundamente la realidad, una disciplina del pensamiento orientada a reconocer los vínculos que unen aquello que suele aparecer disperso y una exigencia destinada a ampliar los horizontes del conocimiento humano.
Una trayectoria intelectual extraordinaria
La desaparición física de Morin a los ciento cuatro años de edad clausura una de las trayectorias intelectuales más extraordinarias de nuestro tiempo. No obstante, resulta difícil hablar de un final, cuando una obra continúa interrogando el presente, con una vitalidad que parece desafiar el paso de los años. Pocas figuras lograron ejercer una influencia tan amplia sobre campos diversos del saber y al mismo tiempo, conservar una mirada capaz de trascender las fronteras académicas.
Filósofo, sociólogo y pensador de alcance universal, Morin dedicó gran parte de su existencia a examinar críticamente las formas mediante las cuales la civilización occidental organizó la producción del conocimiento. La originalidad de su legado no descansa únicamente en los conceptos que elaboró, sino en una rara capacidad para revelar las fisuras ocultas de paradigmas que durante siglos fueron aceptados como evidencias incuestionables.
La paradoja del conocimiento moderno
La ciencia moderna protagonizó una de las aventuras intelectuales más admirables de la historia humana. Gracias a ella, fue posible descifrar fenómenos naturales, transformar las condiciones materiales de la existencia, prolongar la esperanza de vida y expandir horizontes que generaciones anteriores apenas habrían imaginado. Sin embargo, el mismo movimiento que hizo posibles tales conquistas impulsó una creciente fragmentación del saber.
Cada disciplina delimitó cuidadosamente su territorio, desarrolló lenguajes propios y perfeccionó instrumentos cada vez más especializados. El resultado fue un conocimiento extraordinariamente preciso acerca de las partes y progresivamente más limitado respecto de las relaciones que constituyen el conjunto. Morin observó esta paradoja con una lucidez poco frecuente. Advirtió que el progreso del saber había estado acompañado por una creciente dificultad para percibir los vínculos que unen aquello que las disciplinas separaban.
La raíz etimológica de la complejidad
Es en este punto donde encuentra sentido la noción de complejidad, una de las ideas centrales de toda su obra. La palabra procede del latín "complexus", término asociado a lo que ha sido entrelazado, abrazado o tejido en común. En aquella raíz etimológica habita una intuición decisiva. Comprender no equivale únicamente a acumular información acerca de los elementos que componen una realidad. Comprender exige reconocer las relaciones que los vinculan, percibir las interdependencias que los atraviesan y advertir las tramas invisibles que confieren significado a cada fenómeno.
Durante siglos, una parte considerable del pensamiento científico avanzó en dirección diferente. Analizó, clasificó, dividió y aisló. Gracias a ese método, alcanzó conquistas extraordinarias. Sin embargo, a medida que aumentaba la precisión del conocimiento especializado, se debilitaba la percepción de los nexos que articulan la unidad de lo real.
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