Domingo, 26 de Abril de 2026
Política

Intento de golpe del 96: “El general Lino Oviedo no hará entrega del Comando del Ejército”

26/04/2026 01:00 8 min lectura 36 vistas
Intento de golpe del 96: “El general Lino Oviedo no hará entrega del Comando del Ejército”

Confieso que hubiera preferido no escribir el presente artículo más que nada, para no herir susceptibilidades. Lo haré a modo de semblanza, sin pretender ingresar en el campo de lucha política, que es fratricida. Más bien será desde la visión de un observador y protagonista de aquellos hechos, que toma partido en favor de la democracia representativa, participativa y pluralista como forma de convivencia social.

Las efemérides, que coinciden con el inoportuno contenido del discurso político proferido días atrás por el ministro del Interior, Enrique Riera, en ocasión del acto de entrega del mando de la Comandancia de la Policía Nacional, me remontaron a la década del noventa del siglo pasado, tiempo caracterizado por acuartelamientos, ruidos de sables y actividades políticas en sede del Comando del Ejército Paraguayo.

Es que, en ocasiones como esa se estila más bien una arenga y no un discurso de aquel tinte; más aun teniendo en cuenta que el ministro estaba ante la formación de un cuerpo armado en acto solemne. El campo de formación se utiliza para rendir culto a la Patria y es por tanto inadmisible y prohibitivo desarrollar actividades o discursos de ese tipo.

Escribo desde la óptica de un joven teniente, oficial de seguridad del Regimiento Escolta Presidencial, protagonista privilegiado en su nivel, de los acontecimientos que rodearon a la crisis política y militar del 22 y el 23 de abril de 1996, hace treinta años atrás.

Por entonces la República enfrentaba el primer desafío de subvertir su novel democracia, precisamente, de quien la obtuvo en el campo de batalla. El entonces comandante del Ejército, general de División Lino Oviedo se negaba a acatar la orden del entonces presidente de la República y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de la Nación, ingeniero Juan Carlos Wasmosy, que lo relevaba de dicho comando, trámite previo a su pase a retiro.

El suceso que mantuvo en vilo al país por espacio de cuarenta y ocho horas tuvo repercusiones hasta años después con los sucesos del marzo paraguayo del año 1999 y la asonada de mayo del año 2000; últimos coletazos del mesianismo político e histórico militar, iniciado después de la Guerra del Chaco.

Como una suerte de auto depuración y resurrección institucional, fueron las propias Fuerzas Armadas de la Nación quienes, impidieron otros intentos de esa y otras asonadas, iniciándose el camino de una conducta institucional enmarcada en el cumplimiento de su misión constitucional y con un mayor profesionalismo. El general Lino Oviedo fue un hombre de su tiempo.

Algún presidente de la República lo definió como un eximio estratega y excelente planificador. Hombre de un coraje particular, trabajador, fue arrojado y decidido. No pretendo definirlo como persona. Sí, analizaré su modo de gestión y la estrategia política utilizada que le dio resultado positivo por un largo tiempo.

Oviedo utilizaba como armas para la dominación de las masas las doctrinas de Goebbels y de Hannah Arendt. No creo equivocarme cuando digo que mi general era filosóficamente cercano al nazismo por los siguientes dos motivos; el uso de la propaganda y la banalización del mal como elementos sociales de dominación y de arrastre. Súbdito de la escuela alemana en sus vertientes basadas en el darwinismo social, el espacio vital y el nacionalismo extremo, pero simpatizante del pueblo judío, admirador de Conrad Adenauer; Oviedo era típicamente goebbeliano, imitador de las prácticas del ministro de propaganda Joseph Goebbels del tercer Reich.

Bastaba con mirar sus actos oficiales y su modo de comunicación con las masas, a quienes cautivaba con sórdido candor. Su hiperactividad era subjetivamente extraña. Esas características desbordantes, no le hicieron ver que sus métodos y sus modos de acción habían quedado desfasados irremisiblemente en el tiempo. Y aquí, aparece el segundo fenómeno que caracterizó a sus adherentes y a una parte de sus comandados.

Me refiero a la banalización del mal, fenómeno definido y estudiado por la filósofa judía Hannah Arendt, quien estudia a Adolf Eichman durante su juicio en Jerusalén en el año 1961. Arendt, quien no define a Eichman como un monstruo sino más bien como un burócrata mediocre, explica en qué consiste la “banalización del mal”: significa que personas aparentemente normales cumplen órdenes impropias no por una cuestión de perversidad sino por una obediencia ciega y por una falta de reflexión crítica, sin cuestionar la moralidad de dichas órdenes y las consecuencias para su propia vida y de la sociedad.

Las actividades políticas cada vez más desembozadas del general Lino Oviedo como comandante del Ejército, por entonces ya objetivado por los Estados Unidos y por el Brasil, alcanzan su nivel de máxima tensión por esas fechas. El hombre, ignorando las consecuencias del tribunal de Nuremberg y de los dictámenes del fiscal Julio César Strassera sobre las condenas a los militares argentinos en los casos de la obediencia debida, imprime celeridad en su accionar.

Recuerdo que aquella tarde del lunes 22 de abril de 1996, siendo las 18:00 horas, el jefe de la Casa Militar de la Presidencia de la República, general Evaristo González ordena la formación de todo el personal militar y policial asignado a la seguridad del Palacio de Gobierno para informar como sigue: “El general Lino Oviedo no va entregar el Comando del Ejército, si sus fuerzas rompen el cerco del Regimiento Escolta Presidencial y la Fuerza Aérea no llega a tiempo yo saldré con una bandera blanca a parlamentar con los atacantes”, indicando una probable capitulación.

Felizmente para la democracia, el general Lino Oviedo había perdido el factor sorpresa, no contaba con apoyo o supremacía aérea y los medios del cerco impuesto por el Regimiento Escolta Presidencial alrededor del I Cuerpo de Ejército eran abrumadores.

El amanecer del 23 de abril de 1996, sin conseguir la renuncia del presidente de la República, ya implicaba su derrota política y militar por ese entonces. Por ende, es justo recordar el liderazgo de los generales Silvio Rafael Noguera, Oscar Rodrigo Díaz Delmás, César Rafael Cramer Espínola, del almirante Carlos Guillermo López Moreira, del general Domingo Guzmán Gaona, del coronel Víctor Manuel Groselle y del comisario general Mario Agustín Sapriza quienes, interpretando el devenir histórico y apoyando la decisión del presidente Juan Carlos Wasmosy en su condición de comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de la Nación, se opusieron a dicha sedición en favor de la democracia e iniciando el proceso de institucionalización militar.

Estudios sociográficos hechos luego de las crisis políticas y militares de finales de los 90 y de inicios del 2000 en la Universidad Católica, arrojaban este interesante análisis sobre la proyección de los liderazgos políticos en Paraguay nivel Presidencia de la República que señalaban que, a partir del primer cuarto del siglo XXI, el tiempo que vivimos, habrá una puja entre las corporaciones agro industriales más poderosas del país en procura de la obtención del poder.

Dichas resultas estimaban el surgimiento de una lucha política en las urnas entre los hijos de los migrantes de origen europeo apoyados por sus respectivos partidos políticos y corporaciones (europeos continentales, menonitas y brasiguayos). Lo más llamativo, deviene posteriormente de este período histórico contemporáneo, ya cercano a la mitad de este siglo, donde se presagia la vuelta de una suerte de neo autoritarismo del tipo gobierno militar dividido en cinco áreas diferentes dada la futura composición social de la humanidad, pero en modo revolución tecnológica 2.0, una especie de stronismo moderno.

Es el resultado de la eterna puja entre el Estado y las corporaciones en la disputa por la distribución de la riqueza, hecho estudiado incluso por la Iglesia a lo largo de la historia. Sobre este punto permítame amable lector, explayarme en otra ocasión. Para concluir considero que, con el no ascenso al poder por parte del general Lino Oviedo se evitó la vuelta de una nueva dictadura en el Paraguay.

Pero no nos engañemos, los grupos predadores siempre están al acecho. Es por ello siempre abogo por unas Fuerzas Armadas de la Nación fortalecidas e institucionalizadas, altamente profesionales y operativas. Como diría el mayor Arturo Bray en la ceremonia de egreso de los tenientes y guardiamarinas de la Promoción 1931 de la antigua Escuela Militar en los prolegómenos de la Guerra del Chaco: “Con la frente en alto y la espada limpia”. Que así sea.

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