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Sueño enjaulado: China Popular y su obsesión por el Pacífico

24/05/2026 01:00 6 min lectura 52 vistas
Sueño enjaulado: China Popular y su obsesión por el Pacífico
  • Juan Carlos Dos Santos G.
  • X:@juancads
  • Fotos: Archivo/Gentileza

El reloj ya corre. China Popular tiene una fecha marcada en rojo: 2049. Para entonces, se propone haber “reunificado” a Taiwán y desplazado a Estados Unidos como potencia dominante del Pacífico. Pero entre la ambición y la realidad se interpone un archipiélago de islas que funciona como una cadena invisible, y Beijing sabe que debe romperla.

No se puede entender a China Popular sin comprender cómo su política interna dicta su proyección externa y tampoco se puede obviar al objetivo que tiene fecha de caducidad. El 2049 es el límite para la “reunificación” con Taiwán y el desplazamiento de Estados Unidos como superpotencia dominante en la región del Pacífico.

El primer “objetivo” no puede esperar hasta el 2049. China Popular posiblemente ya inicie desde el 2027 la cuenta regresiva para lo que ellos llaman “reunificación”, algo que podría suceder por la vía política o, bien, por la fuerza.

Pero China tiene un gran obstáculo geográfico, aunque parezca increíble para estos tiempos de interconexión digital y globalidad comercial, y se llama Primera Cadena de Islas.

Este atolladero de islas que comienza en Japón se extiende hasta las islas del sur, como Okinawa, continúa en Taiwán y cierra con el archipiélago de Filipinas, encierra a China y deja al mar Meridional como un lago interno del cual no puede moverse con libertad ni su área de influencia.

LIBERTAD SIN CONTROL

El gran objetivo es romper esa cadena y salir sin ser controlado al Pacífico y, de allí en más, China cambiará su mirada hacia la Segunda Cadena de Islas, la última frontera que permite hasta hoy ser la potencia dominante a los Estados Unidos.

Este pensamiento estratégico fue concebido por Deng Xiaoping, el arquitecto del sistema, el avance y el crecimiento actual de China Popular y es Xi Jinping, su actual líder, el ingeniero que lo está llevando a la realidad.

Deng entendió, tras el caos de la Revolución Cultural de Mao Zedong, que China no podía proyectar poder hacia el exterior si primero no se convertía en un gigante económico.

Su doctrina se resumió en una famosa máxima que guió a la política exterior de Beijing durante tres décadas: “Ocultar la brillantez, cultivar la oscuridad”. En decir: crecer en silencio, no buscar el liderazgo global antes de tiempo, evitar confrontaciones directas con Washington y, sobre todo, asimilar la tecnología y el capital de Occidente.

Okinawa, al sur del Japón y a pocos kilómetros de Taiwán, alberga las bases militares de Naha y Kadena

LA LECCIÓN DE HONG KONG

Bajo este manto de calculada sumisión, Deng diseñó el armazón de la China moderna. Supo que la dependencia logística y la vulnerabilidad geográfica eran los talones de Aquiles del país. La lección de Hong Kong en 1982 –donde demostró que controlando los recursos vitales como el agua se podía doblegar a un imperio sin disparar un solo tiro– fue el laboratorio de una estrategia mayor. Deng sembró las bases económicas para que China pudiera, eventualmente, construir la llave de paso de los mares que hoy la encierran.

Pero el tiempo de la oscuridad cultivada terminó. Con la llegada de Xi Jinping al poder en 2012, el libreto de Deng Xiaoping sufrió una metamorfosis radical. Xi archivó la discreción y la reemplazó por el “sueño chino”, la doctrina oficial que busca el “gran rejuvenecimiento de la nación”. Este concepto no es una mera consigna propagandística para el consumo interno; es un plan de operaciones con objetivos militares y soberanos explícitos. El “sueño chino” dicta que el país debe recuperar el estatus de potencia central que el “siglo de la humillación” le arrebató, y eso requiere, obligatoriamente, el control absoluto de sus periferias de seguridad.

ROMPER LA CADENA

Es aquí donde el diseño arquitectónico de Deng y la ingeniería de Xi chocan de frente contra la geografía. Para que el “sueño chino” se concrete de cara al centenario de la República Popular en 2049, la soga que representa la Primera Cadena de Islas debe ser desatada o rota.

Xi Jinping sabe que mientras el estrecho de Miyako en Okinawa, las aguas de Taiwán y los accesos a Filipinas estén vigilados por radares aliados y baterías de misiles demócratas, el sueño de la superpotencia será solo una ilusión enjaulada.

En la próxima entrega detallaremos todo lo relacionado con la Primera Cadena de Islas, su importancia y las consecuencias de una hipotética ruptura.

DENG XIAOPING, UN CAMALEÓN PRAGMÁTICO

Nacido en Sichuan en 1904 y formado en París, fue el arquitecto que transformó a China sin abandonar el control unipartidista. Lejos del carisma de Mao o su espectacularidad militar, Deng fue un pragmático implacable: comprendió que China no podía competir con Occidente por la fuerza bruta, al menos no todavía, y diseñó una estrategia de expansión silenciosa basada en la dependencia logística como arma política.

Deng Xiaping

Demostró que la apertura económica no buscaba libertad individual, sino fortalecer al Estado. Rompió dogmas colectivistas, creó zonas económicas especiales y atrajo inversión extranjera, resumiéndolo en su frase célebre: “No importa si el gato es blanco o negro, lo importante es que cace ratones”. Occidente creyó que China se democratizaría; el Partido Comunista chino temió una traición capitalista. Ambos se equivocaron.

Deng usó el capitalismo para enriquecer a China y blindar al Partido Comunista. Cuando Tiananmén amenazó esa estabilidad en 1989, ordenó una represión brutal sin dudar. Falleció en 1997 tras crear un híbrido político monstruoso sin precedentes: el capitalismo de Estado, el motor que le daría a Xi Jinping la confianza para reclamar el control del Pacífico.

Etiquetas: #China Popular#obsesión

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