Va con onda ¿Qué hacés?
Atragantamientos, sofocones y bronca. Las reacciones y respuestas nos dijeron (y confirmaron) más de cómo funciona (o no funciona) la burocracia estatal que cualquier tratado sobre gestión pública. Vale la pena repasar algunas de las perlas que quedaron registradas por la molesta cámara de nuestra blonda periodista.
Kiara se coló en las oficinas de la Municipalidad de Asunción, institución que se halla de facto en quiebra financiera. Se metió en las dependencias donde se aloja la legión que “trabaja” para los consejeros municipales.
Pasaban las nueve de la mañana y lo primero a lo que asistimos fue al ritual del desayuno. Ofuscados algunos, indiferentes otros, la mayoría respondió a la molesta consulta de Coronel refiriéndole que obviamente estaban dando cuenta de su café con leche, sus tostadas o el aguacate con huevos. Uno se levantó iracundo de la silla, abrazado al termo de cocido y con la bolsa de chipa en una mano y se retiró profiriendo insultos. La periodista había quebrado la paz habitual de esa primera e interminable comida del día.
Conclusión de Perogrullo: Los tiempos de la administración pública no son iguales a los de los demás mortales. No hay un horario específico para la colación matutina ni lugar inapropiado para su disfrute.
Cualquier actividad por la que el contribuyente esté pagando sus impuestos y tasas es secundaria y podrá llevarse a cabo siempre que reste algún tiempo antes de la hora de salida. Todo usuario de los servicios estatales lo sabe. Nada más común que identificar al operario estatal intercambiando esenciales mensajes en el WhatsApp o repasando videos de obligada visión en TikTok mientras la fila de espera frente a su mesa crece vertiginosamente.
Del tentempié pasamos al “trabajo” propiamente porque Kiara se infiltró luego en las dependencias de la Honorable Cámara de Diputados, más precisamente en las oficinas donde se registra un ejército de colaboradores. Y allí apareció en pantalla un robusto burócrata explicando que nada estaba haciendo porque su computadora se descompuso. Cuando le preguntó desde cuándo respondió sin inmutarse que desde hacía una semana.
Quedó claro que lo que hacía con la computadora podía dejar de hacerse por una semana, un mes o para siempre… Y probablemente nada pasaría.
En la oficina contigua había una mujer que alegó ser jefa de sección. Cuando Kiara le consultó quiénes eran sus subalternos porque la sala estaba vacía ella explicó que ninguno. Era jefa de nadie. Solo la jefa, a secas… Alguien con salario de jefa. Luego, un director muy orondo le contó que, entre salario, bonificación y gastos de representación gana más de 20 millones de guaraníes, cuatro veces lo que percibe por un vínculo un neurocirujano con doce años de estudio.
No faltó el recién llegado (eran como las diez de la mañana) que aseguró que hace oficina todos los días desde las siete, ni la cuidadora que no supo explicar qué cosas cuidaba. Había dependencias donde nadie sabía decir cuántos eran en la oficina, y otras en las que sabían cuántos eran, pero no donde estaba la mayoría… Ni qué estaban haciendo.
En este material corto, con mucho humor y una teatralizada candidez, Coronel dibujó una postal de lo que la política hizo con la burocracia. Una anarquía organizada para repartir salarios, con funcionarios que no tienen función, que ingresaron sin concursar, que no sienten al contribuyente como su empleador y que solo le rinden pleitesía al padrino que les consiguió el cargo.
Y nadando a brazo partido en esa marea de mediocridad y clientelismo político están esos notables funcionarios con vocación de servicio que, sin mayores expectativas de construir una carrera ni mejorar sus ingresos por carecer de padrinos, intentar mantener funcionando la herrumbrada maquinaria del Estado. Son los pocos que esperan con ansias la visita de Kiara, aquellos capaces de responder algo tan sencillo como qué hacen.
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