Setenta veces siete: reflexión sobre el perdón
Una invitación a cultivar la misericordia en nuestras relaciones
La pregunta sobre el perdón
La pregunta de Pedro se refiere a un tema que afecta a todos: la necesidad de perdonar. Esta cuestión surge con frecuencia ante los inevitables roces de la vida diaria en la convivencia familiar, con los amigos o en las relaciones profesionales. No es raro que nos sintamos dolidos pensando que alguien nos ha ofendido, despreciado o perjudicado, y no una sola vez, sino reiteradamente. Perdonar cuesta. Por eso, la pregunta de Pedro nos parece razonable: ¿Tenemos que perdonar siempre?
El significado profundo del perdón
Benedicto XVI invita a reflexionar acerca de lo que implica el perdón.
"La ofensa es una realidad, una fuerza objetiva que ha causado una destrucción que se ha de remediar. Por eso el perdón debe ser algo más que ignorar, que tratar de olvidar. La ofensa tiene que ser subsanada, reparada y, así, superada."
El perdón cuesta algo, ante todo al que perdona: tiene que superar en su interior el daño recibido, debe cauterizarlo dentro de sí, y con ello renovarse a sí mismo. Este proceso de transformación y purificación interior alcanza también al culpable, de modo que ambos, sufriendo hasta el fondo el mal y superándolo, salen renovados.
La misericordia divina como modelo
Las dificultades que encontramos para perdonar no son tan grandes comparadas con lo que ha hecho Jesucristo por cada uno de nosotros. En esta enseñanza se expresa bien el contraste entre la actitud calculada de los hombres en perdonar y la misericordia infinita de Dios. Un talento equivalía a seis mil denarios y un denario era el jornal diario de un trabajador. Diez mil talentos es una cantidad exorbitante que nos da idea del valor inmenso que tiene el perdón que recibimos de Dios.
Nuestra situación ante Dios refleja bien esta realidad: no contamos con qué pagar la deuda inmensa que hemos contraído por tantas bondades divinas, y que hemos acrecentado por nuestros propios pecados. Aunque luchemos con esfuerzo, no lograremos devolver con equidad lo mucho que el Señor nos ha perdonado. A la impotencia de la justicia humana, suple con creces la misericordia divina.
Una conducta coherente con el perdón recibido
Ante tanta generosidad por parte de Dios para con nosotros, ¿cómo no vamos a perdonar a los demás? La conducta de quien recibe perdón debe estar lejos del rencor y el registro de ofensas, pues es impropio de un hijo de Dios tener preparada una lista de agravios. No podemos olvidar el ejemplo de Cristo.
Con la mirada puesta en Jesús es como podemos renunciar a todo rencor y mantener nuestro corazón sano y limpio de toda enemistad. Cuando nos venga la tentación de no perdonar, recordemos las palabras del Señor misericordioso al siervo despiadado:
"Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?"
Al experimentar el gozo, la serenidad y la tranquilidad interior que se siente al ser perdonado, podemos con la ayuda de Dios abrirnos a la posibilidad de perdonar.
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