Sobre el hay que
El “hay que” es, ante todo, un ejercicio de autoridad sin costo. Permite ocupar el lugar de quien ve más lejos, de quien diagnostica con lucidez, sin asumir jamás la carga de resolverlo. Es el cacicazgo más barato que existe: No hace falta liderar nada para hablar como si se liderara todo. Basta con señalar la dirección correcta y esperar, cómodamente, a que otro camine.
En las familias, el “hay que” se disfraza de sabiduría de sobremesa. Hay que cuidar más a los abuelos, hay que juntarse más seguido, hay que hablar de una vez de quién va a arreglar el portón. Y sin embargo, cuando llega el momento de coordinar una visita, de sostener un cuidado semanal, de tomar el teléfono e iniciar la conversación incómoda, el coro de voces que reclamaba se disuelve. Queda, como siempre, la misma persona haciéndose cargo mientras el resto sigue diagnosticando desde la distancia prudente del “hay que”.
En el trabajo pasa lo mismo, aunque con vocabulario de gerencia. Hay que mejorar la comunicación interna, hay que capacitar al equipo, hay que revisar los procesos. ¿Alguien se ofrece a liderar esa capacitación? ¿Alguien pone la primera reunión en el calendario? Casi nunca. El “hay que” corporativo es un memo flotante que nadie firma, una responsabilidad que se menciona en cada reunión y que jamás encuentra nombre y apellido al pie.
Y en las organizaciones sociales y políticas –acá es donde el “hay que” duele más porque se supone que existen precisamente para transformar algo– el fenómeno alcanza su forma más descarada. Hay que formarnos, hay que salir a visitar puerta por puerta, hay que construir la presencia territorial. Frases que se repiten en cada plenaria con la solemnidad de una consigna, mientras la sala se vacía de brazos disponibles en el momento exacto en que hay que repartir tareas concretas. ¿No es acaso una forma de doble discurso exigir compromiso colectivo cuando tenés la palabra y desaparecer cuando toca pegar afiches, armar planillas o comprar el cafecito para la reunión? ¿No es la versión más hipócrita del liderazgo la de quien diagnostica con precisión estratégica, pero jamás encabeza una sola acción?
Porque el problema de fondo no es la pereza individual (eso sería demasiado sencillo, y, como saben quienes comparten conmigo este espacio dominical, acá nos gusta complicarnos)... Se trata más bien de una cultura entera que premia el diagnóstico por encima de la acción. Hablar de lo que hay que hacer da prestigio; hacerlo, en cambio, expone, cansa, y muchas veces no se nota. Por eso sobran caciques con discurso y faltan manos que sostengan la tarea del día a día, que pocas veces se reconoce y que, encima, casi siempre la realiza una mujer.
No hace falta más gente que sepa lo que hay que hacer. Ya lo sabemos casi todos, en el fondo. Hace falta gente dispuesta a decir, en primera persona y sin esperar aplausos, la frase que realmente compromete: Menos hay que, y más voy a.
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