Domingo, 05 de Julio de 2026
Política

Cuidado con el mic

05/07/2026 10:13 3 min lectura 63 vistas

Basilio Bachi Núñez y Raúl Latorre, presidentes del Senado y de Diputados, respectivamente, quedaron atrapados en ese instante incómodo que todos tememos: Hablar de alguien pensando que nadie escucha, y que resulta que escucha todo el país. El tema de conversación era el diputado opositor Raúl Benítez, a quien Latorre describió con una frase que ya debería estar tallada en algún monumento a la sinceridad involuntaria, que Benítez quiere seguir el camino de su lideresa al martirio, en referencia a Kattya González, la ex senadora expulsada meses atrás con la complicidad, digamos, generosa, de la Corte Suprema.

Yo no sé ustedes, pero a mí esa frase me dejó pensando varios días. Porque “martirio” no es una palabra que se usa por casualidad. Tiene una carga religiosa y dramática importante, una que invita a inferir que hay un sacrificio esperando a quien se atreve a no aplaudir como focas. Y lo dijeron dos de los hombres más poderosos del Legislativo, en confianza, sin saber que el aparatito seguía prendido, justo antes de que llegara el presidente Santiago Peña a contarnos, una vez más, que todo va de maravillas.

Benítez, que no se guarda nada, respondió con el humor que ya lo caracteriza: Pidió que si ya tienen redactado el certificado de defunción política, que al menos le avisen la fecha, para organizar una despedida a la altura. Llegó al informe presidencial con una remera estampada con un polígrafo, como diciendo “yo ya sé lo que vas a decir, presidente, y ya sé que no va a ser del todo cierto”. Ese nivel de anticipación merece un aplauso. O una guillotina, según de qué lado del Congreso se mire. Porque lo que más llama la atención de todo este culebrón –y acá el humor se pone incómodo– es que estamos hablando, otra vez, de una estructura que trata la disidencia como enfermedad contagiosa. Primero fue Kattya González, expulsada del Senado en un proceso que violó su propio reglamento y que la Corte, con una generosidad interpretativa digna de mejor causa, ayudó a blindar. Ahora el nombre en la lista parece ser Benítez. ¿Cuántos más entran en esa lista de “expulsables” que, según el propio diputado, existiría en algún cajón del Comando Político?

Él mismo comparó la escena con esas series de narcos que tanto gusta a la gente: un grupo sentado en una mesa esperando la orden del patrón para saber a quién le toca. La comparación no es gratuita, el lapsus de los poderosos mostró, sin querer, cómo entiende su propio ejercicio del poder. No como administración de lo público, sino como gestión de lealtades y castigos.

Lo curioso –y esto sí me hace sonreír, aunque con la boca torcida– es que ni Bachi ni Latorre se disculparon. Nadie dijo “fue una broma mal entendida”, aunque no hay luego contexto que salve esa frase. Siguieron no más con la agenda, como si Paraguay entero no hubiera escuchado exactamente lo que piensan cuando creen que nadie los escucha.

Y ahí queda la lección del jueves: En política, lo que se dice en voz baja suele ser más sincero que lo que se grita en el estrado

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