La guerra y el (des)orden mundial en el Kamba Ra'anga 2026
Itaguazú, a dos kilómetros de Altos, se iluminó de color, música y orgullo ancestral el domingo pasado bajo una fina pero persistente lluvia, cuando sus habitantes se reunieron para iniciar el festival anual denominado Kamba Ra’anga. La expresión, traducida del guaraní como “imagen de negro”, es una práctica originada durante la época colonial, con registros que datan del siglo XVII, funcionando como representación satírica que ilustra la relación entre indígenas, esclavos afrodescendientes y sus antiguos patrones y colonizadores.
Celebración única, perdurable en el tiempo y fundiendo lo local y lo universal, la herencia cultural indígena y afroparaguaya se sincretiza con un tercer elemento, el europeo, al superponerse la memoria de los santos Pedro y Pablo. El ritual de diferentes pasos del Kamba Ra’anga, fruto de esta insólita fusión cultural, ofrece el desfile o Rua de los personajes enmascarados, la clásica representación del rapto de doncellas por los monstruosos indios Guaikuru, y, como novedad anual, la simbolización de hechos de interés nacional o internacional a través de una actuación ingeniosa que da cuenta del pensamiento simbólico de la comunidad.
Esta celebración es una práctica que se remonta al siglo XVII, fruto de la fusión cultural de las costumbres indígenas, africanas e ibéricas.
MÁSCARA Y PERSONA
Fiesta o festival de tres días de duración, el evento invernal ha sido un deslumbrante espectáculo de danzantes y performers enmascarados, rituales de fuego y trajes simbólicos elaborados con las llamativas hojas de banano secas. Entre las figuras más emblemáticas se encuentran los guaycurúes, hombres disfrazados con atuendos completos de hojas persiguiendo a las mujeres y cuyo sonido alerta de su cercanía, mientras ellas se defienden con teas (mazos) de paja en llamas, simulando la resistencia a estos raptos emocionantes.
Los actuantes portan las máscaras en madera clara talladas en la madera del árbol timbó (Enterolobium contortisiliquum), ejemplar de gran porte y nativo de la región, apreciado por su facilidad y blandura a la hora de realizar máscaras y objetos. Las máscaras son tanto artísticas como simbólicas, y representan estereotipos sociales exagerados o bien se identifican con animales.
El evento, a mi entender, también representa el empoderamiento de las mujeres. Con el fuego protector, las mujeres solteras disfrutan del Kamba Ra’anga como una ocasión para rechazar a los hombres, o bien aceptarlos tras una porfiada lucha. Culmina el encuentro cuasi violento entre raptor y raptada en un abrazo por detrás con varias vueltas mareantes.
Algunos personajes masculinos de la fiesta están vestidos con prendas coloridas y en muchos casos provocativas, insistiendo en adoptar características del género opuesto. Su presencia es aceptada y celebrada, al ser estos travestidos animadores jocosos que comparten su lado más femenino con los presentes.
La escultura tallada de un yacaré sirve a un actuante para desplazarse a ras del suelo e impresionar a los asistentes.
Y mientras, las figuras monstruosas recorren el predio de la capilla y las calles de la comunidad, haciendo bromas y persiguiendo a los asistentes, sobre todo a los niños, para sacarles espontáneamente carcajadas y sustos.
El rasgo distintivo de esta edición 2026, o la representación del fenómeno social más llamativo del año para los organizadores del Kamba Ra’anga fue la tensa situación en el mundo, desde Venezuela a Medio Oriente. Entre dos añosos árboles, justamente uno de timbó y enfrente de la capilla de San Pedro y San Pablo, se montó una desopilante escenografía de aviones y helicópteros elaborados con cartón, papel maché o cuero.
A bordo de un remedo de avión supersónico, un enmascarado con máscara naranja y peluca rubia oro se abalanza sobre otros actuantes, entre los que reconocemos a otro enmascarado con un bigote prominente. El rapto de Donald Trump a Nicolás Maduro en la explanada de la capilla para volver a remontar vuelo (vehiculizado con cabos de acero que a veces se trancan o no se deslizan correctamente, obligando a la reparación del artilugio) escenifica sucesos del lado más absurdo de la política guerrera del país de las barras y las estrellas.
El Kamba ra´Anga es una fiesta donde todo está permitido, donde el humor se funde con la religión y la crítica social.
El “avión” del neoemperador, luego de prender a la insurgencia venezolana, remonta hacia el otro extremo de la plaza, donde se encuentra con dos helicópteros de papel conducidos por dos fanáticos enmascarados con lentes oscuros disparando a mansalva (el moderador se refiere a ellos con los nombres de Pete y Bibi).
En fin, al vivir esta fiesta no podemos menos que sentir una gran empatía y simpatía por esta comunidad que hace de la memoria y de la reflexión en el mundo en que vivimos una original síntesis de identidad desde esta esquina del mundo que es la Cordillera de los Altos. Por su parte, la artista contemporánea Mónica Matiauda (Asunción, 1981) al realizar estas imágenes fotográficas que le sirven como base de sus estudios para las pinturas hiperrealistas que expondrá este año, rinde con esta serie un auténtico homenaje al mundo campesino que la fascina.
Ofreciendo una perspectiva única de aspectos fundacionales de esta festividad y su impronta mediante su característico alto contraste de sus imágenes y su capacidad dramática, Mónica acumula un generoso caudal narrativo y formal en estos tres años de estudio y documentación del Kamba Ra’anga.
A bordo de un avión de guerra construido de papel maché y sostenido precariamente de los árboles, se escenifica la guerra actual en Medio Oriente.
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